miércoles, 13 de julio de 2011

LOS FANTASMAS DEL PASADO

Mientras René llenaba el formato que le habían entregado en el Servicio Estatal de Empleo, todavía se recriminaba por haber sido despedido de su anterior trabajo. Incapaz de despojarse del enojo consigo mismo, entregó el formulario al empleado y esperó callado a que se analizara su solicitud. René vivía con Sofía, su esposa de apenas dieciséis años de edad, en una de las tres habitaciones con las que contaba el departamento de su hermana. Sus gastos eran pocos, pero se acercaba el invierno y, viviendo en Toluca, había que comprar ropa para enfrentarse a la rudeza del clima decembrino.
Sofía no sabía que René había perdido el trabajo. Él salía igual que todos los días y regresaba a la misma hora. Pero pasaba todo el día buscando empleo, sin encontrarlo. Esa mañana, ya desesperado, había decidido acudir nuevamente a la oficina de colocaciones del gobierno del estado. Al principio no quería presentarse ahí porque se sentía derrotado, pero la necesidad y la vergüenza de confesarle a Sofía que estaba sin trabajo, y de vivir a expensas de su hermana, lo hizo solicitar ayuda nuevamente.
Lo que más quería René era tener una nueva oportunidad de trabajo y aprovecharla al máximo. Quería ser útil, superarse y olvidarse de los fantasmas de su pasado que lo perseguían implacablemente, que le atenazaban el corazón y le ahuyentaban el sueño. Ahí sentado, esperando, René se vio de pronto a la medianoche; René en los barrios ricos abriendo cajuelas de autos; René caminando lento por las azoteas de barrios residenciales para asaltar a la luz de la luna. René, sin futuro, repartiendo un botín miserable con cómplices que jamás llegaban a ser amigos. Hasta que le llegó el amor con esa muchacha de piernas morenas y delgadas que se le entregó sin preguntarle nada, que le enseñó el valor de la dignidad y que sin saber lo hizo abandonar su vida de ladrón.
René trataba, inútilmente, de olvidar las culpas de otros tiempos. Las que fue acumulando cuando hurtó a quien pudo. Las que no le abandonaban con el paso del tiempo, las que le recordaban su vida de ratero. Cuando pensaba en eso, estaba seguro de que la vida le quebraría el futuro cuando los fantasmas del pasado vinieran a cobrarle las facturas no saldadas.
La sala de espera de la oficina del Servicio Estatal de Empleo era bulliciosa y escuchó dos o tres historias de desempleados que le recordaron la primera vez que pisó ese lugar; el nerviosismo con el que siempre se venía a pedir trabajo, la espera y, a veces, la oportunidad tan ansiada.
En su último empleo, René había hecho amistad con el supervisor de turno y se creía seguro. Pero al terminar su contrato no se lo renovaron y tuvo que volver a la larga fila de desempleados.
Al principio se sintió tratado de modo injusto, pero luego se dio cuenta de que podría engañar a todo el mundo, pero no a sí mismo. Tuvo que reconocer, en su interior, que su mala actitud en el trabajo había sido motivo para que lo cesaran. Recordaba que su jefe inmediato siempre trató de motivarlo y de mejorar el ambiente de trabajo, pero él, ahora se daba cuenta, jamás había colaborado ni mostrado disposición. Había creído inútil que el supervisor les explicara cada día que debían organizar su trabajo en función de dos ideas básicas: metas y acciones. Pero si tuviera otra oportunidad de trabajar, pensó, la aprovecharía al máximo y pondría lo mejor de sí, por su orgullo de hombre y por Sofía, a quien amaba con toda el alma.
René emergió de sus pensamientos cuando oyó el llamado del despachador de la oficina de colocaciones. El despachador lo interrogó sobre su último trabajo, y le hizo ver la necesidad de adoptar una actitud más positiva, de trabajar en equipo, de involucrarse personalmente en el trabajo, de aportar ideas, de comprometerse más. Le soltó un sermón que René toleró cabizbajo, pero esta vez no dejó volar el pensamiento para no escuchar y puso atención en todos los detalles.
Al final, valieron la pena la espera y lo amargo de la experiencia. Luego de un par de horas de haber entregado el formato de solicitud de empleo, René obtuvo una carta de colocación en el Registro Civil. Era una gran oportunidad, ya que era muy raro que el gobierno del estado hiciera nuevas contrataciones. Pero el Registro estaba en proceso de modernización y requería personal para su área de encuadernación. Era requisito indispensable cursar un intenso programa de capacitación, pero eso animó más a René.
Por la noche le platicó todo a Sofía, le contó lo feliz que estaba y lo decidido que se sentía para aprovechar al máximo esa oportunidad. A veces, René se dejaba llevar por la plática de su compañera algunos minutos, pero pronto retomaba la dirección de la charla y olvidaba las palabras de su esposa. Sofía notó que esta vez René estaba de verdad entusiasmado. El nuevo empleo lo llenaba de motivación, y René le dijo a Sofía que pronto podría él dejar el apartamento de su hermana e irse a vivir por su cuenta.
Desde el primer día René comenzó a trabajar con una actitud muy positiva. Aceptó doblar turnos. tomó con gran interés los cursos impartidos a los empleados y presentó ideas de mejora a sus jefe, inmediatos. A los tres meses tuvo su primer triunfo: le renovaron el contrato. Con ese aliciente comenzó a participar más con su supervisor en la mejora de los procesos de trabajo y pronto se convirtió en su principal colaborador.
Una noche, René abrazó con suavidad a su esposa adolescente y le dijo al oído, muy quedito, que se sentía muy seguro en su trabajo y que podrían ir buscando dónde vivir los dos solos.
El supervisor le tomó aprecio a René. Le contó que las metas del Registro Civil para ese año incluían incrementar en treinta por ciento el número de libros de actas encuadernados. —Si logramos alcanzar esa meta estaremos compitiendo con las áreas de encuadernación más eficientes del país. Entusiasmado, el supervisor le dijo a René: —Lograr esa meta sería como ...¡como entrar a jugar fútbol con el Toluca en la primera división! Pero necesitamos estudiar René —continuó—; mira, ten estos cuadernillos, léelos; nos serán muy útiles para organizar nuestro trabajo y lograr la meta que nos estamos proponiendo.
René se llevó los cuadernillos a su casa y, además, buscó en su armario unos folletos de los cursos a los que había asistido en el Servicio Estatal de Empleo. Esta vez los leyó con mayor cuidado. Unos días después, a la hora del almuerzo, le preguntó al supervisor si las acciones de mejora que iban a emprender estaban priorizadas de acuerdo con su potencial para contribuir a alcanzar la meta de incrementar en treinta por ciento el número de libros encuadernados en el año.
El supervisor detuvo el viaje de la taza de café hacia su boca, miró a René, y finalmente sonrió al darse cuenta de que el muchacho sí había estado leyendo el material que le había prestado. Esa tarde ambos se encerraron en el pequeño cubículo del supervisor para intercambiar ideas. En unas cuantas horas René aprendió más que en toda su vida sobre diseño de procesos.
De regresó a casa, René parecía flotar lentamente en su bicicleta y reflexionaba en todas las cosas que había aprendido esa tarde. De pronto le encontraba sentido a las lecturas que había hecho, y gracias a las explicaciones del supervisor entendía la utilidad de diversas herramientas de análisis de procesos de trabajo. Cada lectura, y cada herramienta, era como una pieza de un rompecabezas que encajaba con otra, y las posibilidades de combinarlas y sacarles provecho le parecieron ilimitadas.
Aquella noche René estaba demasiado motivado. No paraba de rabiar y de gesticular mientras le contaba a Sofía todo lo que había aprendido y todo lo que se podría hacer en el Registro. Sofía le dio de cenar y le dijo Que se fueran a dormir. Pero René estaba muy animado para conciliar el sueño. Le pidió a Sofía que le preparara una jarra de café, despejó la mesa de la cocina, apiló los textos que había revisado y alistó una libreta, un lápiz y un borrador. Se disponía a trabajar en una idea que se le había ocurrido de regreso del Registro Civil.
Cuando Sofía se despertó, antes de las seis de la mañana, René ya se estaba bañando. Se vistió y desayunó de prisa, le dio un beso a su esposa y salió en su bicicleta, comiéndose el resto de una rosquilla, rumbo al trabajo. En su mochila llevaba su libreta. Había organizado acciones y metas de producción en un diagrama que había visto en uno de los cuadernillos que había estudiado y que se llamaba Diagrama Matricial. René esperaba presentarle a su jefe el diagrama en el transcurso de la mañana.
Para elaborar el diagrama, Rene primero había escrito en su libreta dos listados, uno con los objetivos de calidad más importantes que los conducirían a la meta que se habían fijado en términos de incrementar el número de libros encuadernados al año, y el otro, con las acciones más relevantes que debían llevarse a cabo para alcanzar cada objetivo y lograr la meta.
Luego dibujó una matriz (una especie de rejilla cuadriculada) y acomodó el listado de acciones en cada columna y el listado de los objetivos de calidad
en cada renglón (figura 1)


Posteriormente estimó el impacto de cada acción en cada uno de los objetivos de calidad y lo registró en las celdas donde se cruza cada columna (que corresponde a una acción concreta) con cada renglón (que corresponde a un objetivo y meta específicas) Para hacer esto, René tomó en cuenta tanto su experiencia como los comentarios del personal del área y del supervisor. Había utilizado la siguiente simbología para representar la relación existente entre los diferentes objetivos
y las acciones:

• Relación fuerte O
• Relación mediana O
• Relación débil r

Así, el diagrama resultante tomó la forma que se presenta en la figura 2.


          Siguiendo las lecturas que le había dado su jefe, René le asignó un valor a cada acción, de acuerdo con la importancia que, a su juicio, tenía cada una de ellas para lograr la meta que se habían propuesto. Corrigió varias veces las ponderaciones que había hecho y, finalmente, cuando se sintió satisfecho, sumó los datos y obtuvo los valores que se muestran en la figura 3. Los resultados del Diagrama Matricial eran claros: las tres acciones eran congruentes con los objetivos propuestos; pero dos de ellas, el rediseño de procesos y el incremento en las horas de capacitación, alcanzaban las máximas calificaciones, lo cual indicaba que eran las acciones prioritarias(o estratégicas).
La claridad con la que René había establecido relaciones entre acciones y objetivos de calidad fue algo inesperado y muy grato para su jefe. Esa tarde afinaron el diagrama, le dieron mejor presentación y lo enviaron al director general, vía el sistema de sugerencias del Registro Civil.
A los pocos días, el director general citó al supervisor y a René para que explicaran su idea con mayor detalle al comité de calidad del Registro Civil. La reunión fue un éxito: el supervisor había expuesto de manera brillante el planteamiento, y René había aportado varios comentarios con mucha puntería, que demostraban que estaba bien enterado del asunto. Ambos habían dado un paso importante para ganar la confianza del director del Registro, que estaba buscando precisamente eso: que los trabajadores se involucraran en la mejora de todos los procesos de trabajo.
Hubo un beneficio adicional para René, algo que nunca había experimentado antes: el respeto genuino de su jefe y de sus compañeros de trabajo.
Por la noche, al llegar a casa, le contó a Sofía todo lo sucedido. La muchacha, armándose de valor, le preguntó si ya era posible rentar un espacio para los dos en otro lugar. Donde vivieran solos, donde sólo se escucharan sus risas o su llanto, donde sólo circularan sus ilusiones y sus problemas, donde no hubiera necesidad de pedir permiso, ni de pedir disculpas.
René le dijo que buscara un lugar para ellos solos. Veía el futuro con opciones y posibilidades. Atrás, no lo podía negar, estaba el René ladrón, el René ventajoso, el René abusivo; pero al frente estaba el René trabajador, el René organizado, el René inteligente, que con mucho esfuerzo estaba a punto de ascender. Aún recordaba, porque esa sensación no se olvida nunca, la garganta hecha estropajo cuando llenaba los formularios en la oficina del Sistema Estatal de Empleo. Pero ahora René tenía un salario suficiente para dejar el departamento de su hermana, y hacer su vida aparte con Sofía, que era su motivación y su fuerza.
Al siguiente fin de semana, René y Sofía cambiaron sus poquísimas pertenencias a su nuevo departamento. René armó la cama de madera y mientras lo hacía, se le vinieron encima los recuerdos. Hacía relativamente poco tiempo él dormía donde lo alcanzara la noche, pero desde que tenía esposa, adquirió muebles y el hábito de dormir siempre en el mismo lugar.
Los muebles, si así se les podía llamar a una cama vieja, a unas sillas y a dos mesas desvencijadas, le hablaron suavecito durante largo rato y le regalaron a sus oídos algunas recetas para ser feliz. Dos sillas y la mesa se quejaron del maltrato en la mudanza, pero todos los muebles se miraron risueños entre sí; ya no tendrían que cuidarse para no estorbar en una casa ajena, y desde ahora otras reglas determinarían su ubicación en el espacio nuevo de la pareja.
René abrió la ventana y miró a su frágil esposa que regresaba del mercado cargando una bolsa de regular tamaño. Salió a ayudarla, y se encontraron riendo en su pequeño y modesto departamento.
Mientras Sofía cocinaba, René veía de reojo un partido de fútbol al tiempo que colocaba unos entrepaños al lado de la cama. En el medio tiempo acomodó con cuidado, y hasta con cariño, los cuadernillos y los textos que le habían abierto los ojos en el trabajo. Se dio cuenta de que en la vida laboral, como en el fútbol, no todo eran ganas, enjundia y amor a la camiseta; se requería técnica, habilidad e inteligencia.
Tomó su libreta, un lápiz y un borrador, preparó la mesa de trabajo que había comprado de segunda mano, y dejó todo listo para trabajar algunas horas por la tarde en una nueva idea que se le había ocurrido. Talvez el lunes regresara al Registro Civil con un nuevo proyecto bajo el brazo. Tal vez se fueran para siempre los fantasmas del pasado.




miércoles, 6 de julio de 2011

LAS RAMAS DE LA VOLUNTAD

Conforme se acercaba el momento de la entrevista, la seguridad de Maximiliano crecía. Se había hecho acompañar de los cuatro ancianos, Miguel, Manuel, Elías y Esteban, quienes bromeaban en la sala de espera, mientras él repasaba mentalmente los argumentos para gestionar un crédito que le permitiera al asilo poner a funcionar dos talleres, uno de serigrafía y otro de pintura, y echar a andar un cineclub.
Cuando Maximiliano recibió la encomienda de los directivos del asilo de gestionar el crédito, lo hizo con gusto. Recordó la idea que lo había hecho aceptar el trabajo en el asilo: encontrar una forma de mejora, calidad de vida de los ancianos que lo habitaban.
Realmente había llegado a querer a los ancianos, a pesar de que a menudo le hacían perder la paciencia con sus bromas. Parecían adolescentes; se turnaban para provocarlo, molestarlo, hacerlo quedar en ridículo ... Su última broma fue histórica.
Esteban se inventó un familiar y se mandaba cartas a sí mismo pidiendo que se reunieran. El viejo recibía las cartas con una alegría muy bien estudiada y fingió tal interés con Maximiliano que éste, convencido de la existencia del familiar ficticio, llevó el asunto ante las autoridades del asilo. Cuando les mostró las cartas y leyeron, con sus propios ojos, la gran preocupación del supuesto pariente por hacerse cargo del anciano, las autoridades del asilo se tragaron la historia completita.
Los cuatro abuelos se coordinaban tan bien y planeaban con tanta precisión sus bromas, que a punto estuvieron de contratar a una persona del exterior para seguirles el plan. Pero ¿cómo hacerlo si ninguno tenía dinero? Para alargar la broma y seguirse divirtiendo, Esteban, junto con sus cómplices y amigos, retorcieron más la historia: el familiar, que según eso vivía en Tijuana, no tenía recursos para trasladarse hasta San Luis Potosí y llevarse a Esteban. Pero, continuaba el argumento, todo se podría arreglar si el asilo le pagaba a Esteban el viaje de San Luis a Tijuana.
Las actuaciones de Esteban fueron verdaderamente convincentes. Cada vez que hablaba con Maximiliano, y sobre todo con la directora del asilo, los ojos se le ponían acuosos y le brillaban como luceros cuando expresaba la ilusión que le causaba irse a vivir con su familiar; y la voz, como una hojita seca, le temblaba del sentimiento, mientras estrujaba lleno de angustia sus manos flacas y venosas. Sus amigos, por su lado, como grandes actores de reparto, fingieron esa solidaridad tan típica del cine mexicano de los años cuarenta. Miguel y Manuel se sentían igualitos a los hermanos Soler; pero Elías los superó con una caracterización memorable de un villano torvo, amargado y lleno de envidia, y se consagró como un nuevo Miguel Inclán, actor al que siempre había admirado, sobre todo por su trabajo en "Nosotros los Pobres".
Cuando Maximiliano, feliz, les contó a los cuatro amigos que la directora del asilo había gestionado con el gobernador del estado un apoyo especial para pagar el viaje de Esteban, no tuvieron más remedio que confesar su mentira. Maximiliano se quedó desconcertado, de una pieza, con la quijada colgante. De momento no sabía si debía enojarse o festejar la broma. Pero pronto montó en cólera cuando se dio cuenta de que él tendría que explicarle todo a la directora del asilo, una mujer que, además de enérgica, era muy responsable y bien intencionada.
Maximiliano tragó aceite aquella tarde en la que le contó toda la historia a la directora. Se llevó la peor regañada de su vida. La directora, conforme iba escuchando, se iba poniendo lívida al darse cuenta de la ridícula trampa en la que había caído, y anticipó que sería el oscuro objeto del escarnio de los demás funcionarios del gobierno, y blanco de los sanguinarios comentarios de la prensa, si es que, como ya esperaba, se filtraba la noticia a los medios.
Sin embargo, aparte de los tragos amargos, una cosa le quedó muy clara a Maximiliano: los ancianos tenían una gran lucidez y mucho que ofrecer, y necesitaban canalizar su inteligencia y sus ganas de vivir, y tener actividades que los motivaran. No sólo era necesario sino también urgente diseñar e instrumentar un proyecto que realmente elevara su calidad de vida.
Maximiliano dejó pasar unos días, y cuando juzgó que era el momento oportuno le planteó sus inquietudes a la directora del asilo. La directora se sonrió al recordar la broma de los ancianos y se quedó pensando por unos segundos lo que le proponía Maximiliano. Tenía razón, concluyó, la broma de los abuelos demostraba su inteligencia y sagacidad. Sin embargo, le dijo, debía ser un proyecto perfectamente claro y viable para considerarlo en el programa de trabajo del asilo. —Deme una semana para plantear el proyecto —le dijo Maximiliano— y volvemos a platicar del asunto.
Maximiliano se había dedicado durante años al diseño y evaluación de programas de asistencia social del Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF). Sabía que en ese trabajo, el orden, la disciplina y la paciencia, sobre todo la paciencia, eran virtudes imprescindibles. También sabía que mientras más ambiciosos fueran los objetivos del proyecto, mayor sería la complejidad de instrumentarlo, más difícil sería convencer a la directora y a la burocracia administrativa para que le asignaran los recursos necesarios, y mayor la cantidad de trabajo para lograr buenos resultados.
Maximiliano se fue a su oficina y tomó uno de los libros que había llevado en un taller sobre calidad en la administración pública que había cursado en la Ciudad de México. Revisó el texto preguntándose cuál de las herramientas que le habían enseñado le podría ayudar para traducir su idea en un proyecto.
Luego de revisar cuidadosamente el libro, decidió utilizar la herramienta llamada Diagrama de Árbol. Esa tarde la dedicó completamente a estudiar, paso a paso, el manejo de esa herramienta para estar completamente seguro de que era la más adecuada para sus propósitos.
Cuando se sintió con pleno dominio de la herramienta, Maximiliano le planteó la directora su propuesta de trabajo. A grandes rasgos, la propuesta consideraba tener dos reuniones de cuatro horas cada una, para definir entre todo el equipo directivo un plan que permitiera elevar la calidad de vida de los ancianos del asilo. En las dos sesiones se debían de identificar en detalle los problemas a resolver y las acciones a desarrollar, incluyendo tiempos y responsables. Se requería la participación de todo el personal directivo, del liderazgo y participación de la directora para impulsar el proyecto, y de que se le tuviera confianza a Maximiliano para que actuara como facilitador durante las reuniones de trabajo. Dada la experiencia de Maximiliano, la directora aceptó su propuesta, definieron la fecha de las reuniones de trabajo.
Maximiliano inició la primera reunión con la siguiente pregunta: ¿cómo podemos elevar la calidad de vida de los ancianos?, y les explicó a todos los directivos que el objetivo de las dos reuniones de trabajo era contestar esa pregunta, y que mientras más en detalle se respondiera, mayor sería el éxito de las reuniones y mayores los beneficios para los internos y para la institución.
Al principio, sólo se formularon respuestas comunes: conseguir mayor presupuesto, contratar más personal, especialmente médicos y enfermeras; encontrar benefactores que apoyaran las finanzas del asilo; mejorar el edificio, el equipamiento y el mobiliario; elevar la calidad de las comidas y el abasto de medicamentos; mejorar las instalaciones... En fin, respuestas poco específicas y que se podrían aplicar para cualquier asilo del país.
Pero Maximiliano insistió. Había que encontrar otras formas de dignificar la vida de los ancianos. Soluciones que no dependieran únicamente del dinero que la burocracia encargada del manejo del presupuesto aceptara destinarle al asilo. La solución de obtener más dinero era la más obvia, pero, en términos prácticos, la más complicada de alcanzar, dada la difícil situación de las finanzas del gobierno del estado y la inflexibilidad de los administradores del presupuesto. —Tenemos que ser más imaginativos —les dijo Maximiliano—, pensemos en otras soluciones.
       Hubo un breve silencio. Maximiliano les cuestionó: —Por qué no definimos con claridad el problema que queremos solucionar. Analicemos primero qué entendemos por "calidad de vida"—. Y así, enfocando a los participantes hacia una tarea específica, Maximiliano les facilitó la generación de ideas.
Al tratar de definir lo que entendían por "calidad de vida" en el contexto del asilo, llegaron a la conclusión de que el concepto tenía, por lo menos, dos componentes: a uno le llamaron "intangible" y al otro "material". El primero tenía que ver con todo aquello que estuviera más directamente vinculado con el bienestar mental y espiritual de los ancianos; y el segundo, con aspectos más concretos relacionados con su bienestar físico. Por lo tanto, acordaron que necesitaban definir por lo menos dos líneas de acción: una relacionada con acciones de "mejoras intangibles", y la otra con acciones de "mejoras materiales" (ver figura 1).



Maximiliano siguió conduciendo la sesión y facilitando el trabajo: ¿qué acciones eran necesarias para hacer realidad las "mejoras intangibles" y las "mejoras materiales". Las aportaciones siguieron fluyendo a mayor velocidad, pero pronto les pareció evidente que requerían de un método para organizar sistemáticamente la tormenta de ideas que se estaba generando en la reunión.
Ése era el momento que estaba esperando Maximiliano para proponer que organizaran las ideas en un Diagrama de Árbol. Maximiliano, como los buenos magos, ya tenía preparado el material: básicamente un paquete de tarjetas media carta, plumones gruesos para todos los participantes y cinta adherible para pegar las tarjetas en una de las paredes de la sala de juntas.
En cada tarjeta los directivos fueron escribiendo las tareas que a su juicio se requería realizar, y Maximiliano las fue pegando en la pared. A los pocas minutos se dieren cuenta de que algunas tareas eran más importantes que otras; es decir, que se podían jerarquizar en tareas principales y tareas secundarias; y que estas últimas a menudo dependían de las primeras.
Maximiliano fue ordenando las tarjetas en la pared de acuerdo con la importancia de la tarea que contenían, siempre con la ayuda y el consenso de los directivos, Al ver cada quien que sus ideas se ponían a la vista de todos, se despertó más el interés de los participantes y pronto el problema ya no fue animarlos a aportar ideas, sino facilitarles la construcción de acuerdos y consensos.
Poco a poco se fueron acomodando las ideas en función de su importancia y fue tomando forma el Diagrama de Árbol: a las tareas principales les llamaron ramas básicas, ya lasque se derivaban de cada rama básica les llamaron ramas secundarias. Maximiliano cuidaba que cada tarjeta tuviera registrada una acción concreta, y que todas las acciones estuvieran orientadas, siempre, a resolver el gran objetivo que se habían planteado: elevar la "calidad de vida" de los ancianos del asilo (figura 2).


Paso a paso fueron delineando y detallando cada una de las ramas del árbol. hasta definir las actividades más específicas. Por ejemplo, entre las acciones primarias de las mejoras intangibles, destacaron las de acercar a los ancianos con sus familiares, realizar actividades de integración y recreación, e instrumentar un programa de terapia ocupacional. A su vez, como ejemplo, de la rama compuesta por la acción de terapia ocupacional se derivaron dos acciones centrales: organizar un taller de serigrafía y uno de pintura. La definición de estos dos talleres respondió al hecho de que en el asilo estaban alojados varios ancianos con conocimientos en estas dos actividades y podrían dar apoyo como instructores.
       Por lo tanto, la siguiente rama (acción) del diagrama fue acordar con los ancianos que apoyaran el proyecto y fungieran como instructores en los talleres. Finalmente, la última actividad que se definió para poner en marcha los dos talleres (es decir, la última rama del Diagrama de Árbol, derivada de la rama llamada Terapia Ocupacional), fue la de conseguir el material para ponerlos en marcha (figura 2).
Una vez concluido el Diagrama de Árbol, comenzaron a asignarse las responsabilidades y a definirse los tiempos para realizar cada tarea. Había un estado de ánimo tan positivo, que Maximiliano los instó a ser más ambiciosos y proponer metas e indicadores que les permitieran medir los avances de cada una de las acciones.
Cuando tuvieron listo el Diagrama de Árbol, Maximiliano les hizo ver que lo que habían hecho no sólo era un diagrama ordenado de actividades, sino lo que en el lenguaje de los sistemas de administración de calidad se llamaba un Plan de Ejecución (Plan de Mejora o Plan de Calidad), ya que indicaba el objetivo, las tareas principales, las tareas secundarias, los responsables de llevarlas a cabo, los tiempos de ejecución de cada tarea, y las metas y los indicadores permitirían estimar los avances del proyecto. Ese Plan de Ejecución, en forma de Diagrama de Árbol, les permitiría dar seguimiento puntual al proyecto.
Cuando comenzaron a recapitular lo que habían realizado durante las dos sesiones de trabajo, los directivos confirmaron que algunos de los huéspedes del asilo podrían ser un valioso apoyo para llevar a cabo el proyecto. No sólo como instructores, como en el caso de los talleres de pintura y serigrafía, sino también como motivadores e impulsores del Plan de Ejecución.
Destacaban, por supuesto, Miguel, Manuel, Elías y Esteban, que mostraban una gran pasión por la vida; sorprendían al personal, a sus compañeros y a los directivos con bromas bien planeadas y siempre ingeniosas; y tenían un liderazgo muy positivo entre los internos.
A los directivos les llamó la atención cómo, en el marco del Plan de Ejecución (es decir, un Diagrama de Árbol con objetivos y acciones ciaras), la actitud de algunos de ellos hacia los cuatro bromistas había cambiado radicalmente.
        Hasta hacía poco tiempo, algunos habían considerado la posibilidad de separar a los cuatro ancianos y ubicarlos en otros asilos, por los inconvenientes que causaban con sus bromas. Ahora, en cambio, comprendían que el buen ánimo de los cuatro viejos, y hasta su ocasional impertinencia, eran factores que servirían para impulsar el Plan de Ejecución en el asilo.
A Maximiliano le asignaron la responsabilidad de coordinar las acciones de las ramas de integración y recreación y de terapia ocupacional (figura 2), y él decidió aprovechar el potencial de los ancianos en su Plan de Ejecución. Los juntó y les explicó en detalle el proyecto, escuchó sus opiniones y las integró al planteamiento general. Esteban se ofreció a coordinar el torneo de ajedrez, y Elías, que, ya se sabe, era gran aficionado al cine, se propuso para dirigir el cineclub.
Con el apoyo de los cuatro ancianos, Maximiliano convocó a una reunión general para dar a conocer a todos los internos el Plan de Ejecución. Como siempre, hubo personas escépticas e indiferentes, pero la mayoría se mostró entusiasta y esperanzada. Maximiliano sabía que algunos de los indiferentes se sumarían al proyecto conforme vieran resultados positivos. Por los escépticos ni se preocupó, la experiencia le decía que en cualquier organización o comunidad siempre hay personas que están en contra de todo y en favor de nada. Maximiliano aprovechó esa misma reunión para explicarles que planeaba hacer gestiones ante el Sistema de Financiamiento para el Desarrollo del Estado (SIFIDE) con el fin de solicitar un financiamiento que les permitiera arrancar con los talleres, el torneo de ajedrez y el cineclub. Pero que habría más probabilidades de éxito si se formaba una comisión de internos que lo acompañara a hacer los trámites. Maximiliano les dijo que se requería que la comisión tuviera una gran capacidad de negociación, para sortear exitosamente las entrevistas con los técnicos del SIFIDE así por unanimidad, se decidió que la comisión estuviera integrada por los cuatro bromistas. En opinión de sus compañeros, y sobre todo de sus compañeras, Esteban, Miguel, Elías y Manuel eran capaces de convencer, y si fuera necesario de engañar, al mismo diablo. Como una anciana dijo maliciosamente, "más sabe el diablo por viejo que por diablo, y estos viejos son muy diablos".
Ahora, a punto de entrar a la entrevista con uno de los analistas del SIFIDE, Maximiliano escuchaba bromear a los viejos en la sala de espera y supo que con el respaldo de esos cuatro fantásticos no tendría problemas para conseguir el crédito. Supo que las luces del hogar de los ancianos se encenderían otra vez.