miércoles, 6 de julio de 2011

LAS RAMAS DE LA VOLUNTAD

Conforme se acercaba el momento de la entrevista, la seguridad de Maximiliano crecía. Se había hecho acompañar de los cuatro ancianos, Miguel, Manuel, Elías y Esteban, quienes bromeaban en la sala de espera, mientras él repasaba mentalmente los argumentos para gestionar un crédito que le permitiera al asilo poner a funcionar dos talleres, uno de serigrafía y otro de pintura, y echar a andar un cineclub.
Cuando Maximiliano recibió la encomienda de los directivos del asilo de gestionar el crédito, lo hizo con gusto. Recordó la idea que lo había hecho aceptar el trabajo en el asilo: encontrar una forma de mejora, calidad de vida de los ancianos que lo habitaban.
Realmente había llegado a querer a los ancianos, a pesar de que a menudo le hacían perder la paciencia con sus bromas. Parecían adolescentes; se turnaban para provocarlo, molestarlo, hacerlo quedar en ridículo ... Su última broma fue histórica.
Esteban se inventó un familiar y se mandaba cartas a sí mismo pidiendo que se reunieran. El viejo recibía las cartas con una alegría muy bien estudiada y fingió tal interés con Maximiliano que éste, convencido de la existencia del familiar ficticio, llevó el asunto ante las autoridades del asilo. Cuando les mostró las cartas y leyeron, con sus propios ojos, la gran preocupación del supuesto pariente por hacerse cargo del anciano, las autoridades del asilo se tragaron la historia completita.
Los cuatro abuelos se coordinaban tan bien y planeaban con tanta precisión sus bromas, que a punto estuvieron de contratar a una persona del exterior para seguirles el plan. Pero ¿cómo hacerlo si ninguno tenía dinero? Para alargar la broma y seguirse divirtiendo, Esteban, junto con sus cómplices y amigos, retorcieron más la historia: el familiar, que según eso vivía en Tijuana, no tenía recursos para trasladarse hasta San Luis Potosí y llevarse a Esteban. Pero, continuaba el argumento, todo se podría arreglar si el asilo le pagaba a Esteban el viaje de San Luis a Tijuana.
Las actuaciones de Esteban fueron verdaderamente convincentes. Cada vez que hablaba con Maximiliano, y sobre todo con la directora del asilo, los ojos se le ponían acuosos y le brillaban como luceros cuando expresaba la ilusión que le causaba irse a vivir con su familiar; y la voz, como una hojita seca, le temblaba del sentimiento, mientras estrujaba lleno de angustia sus manos flacas y venosas. Sus amigos, por su lado, como grandes actores de reparto, fingieron esa solidaridad tan típica del cine mexicano de los años cuarenta. Miguel y Manuel se sentían igualitos a los hermanos Soler; pero Elías los superó con una caracterización memorable de un villano torvo, amargado y lleno de envidia, y se consagró como un nuevo Miguel Inclán, actor al que siempre había admirado, sobre todo por su trabajo en "Nosotros los Pobres".
Cuando Maximiliano, feliz, les contó a los cuatro amigos que la directora del asilo había gestionado con el gobernador del estado un apoyo especial para pagar el viaje de Esteban, no tuvieron más remedio que confesar su mentira. Maximiliano se quedó desconcertado, de una pieza, con la quijada colgante. De momento no sabía si debía enojarse o festejar la broma. Pero pronto montó en cólera cuando se dio cuenta de que él tendría que explicarle todo a la directora del asilo, una mujer que, además de enérgica, era muy responsable y bien intencionada.
Maximiliano tragó aceite aquella tarde en la que le contó toda la historia a la directora. Se llevó la peor regañada de su vida. La directora, conforme iba escuchando, se iba poniendo lívida al darse cuenta de la ridícula trampa en la que había caído, y anticipó que sería el oscuro objeto del escarnio de los demás funcionarios del gobierno, y blanco de los sanguinarios comentarios de la prensa, si es que, como ya esperaba, se filtraba la noticia a los medios.
Sin embargo, aparte de los tragos amargos, una cosa le quedó muy clara a Maximiliano: los ancianos tenían una gran lucidez y mucho que ofrecer, y necesitaban canalizar su inteligencia y sus ganas de vivir, y tener actividades que los motivaran. No sólo era necesario sino también urgente diseñar e instrumentar un proyecto que realmente elevara su calidad de vida.
Maximiliano dejó pasar unos días, y cuando juzgó que era el momento oportuno le planteó sus inquietudes a la directora del asilo. La directora se sonrió al recordar la broma de los ancianos y se quedó pensando por unos segundos lo que le proponía Maximiliano. Tenía razón, concluyó, la broma de los abuelos demostraba su inteligencia y sagacidad. Sin embargo, le dijo, debía ser un proyecto perfectamente claro y viable para considerarlo en el programa de trabajo del asilo. —Deme una semana para plantear el proyecto —le dijo Maximiliano— y volvemos a platicar del asunto.
Maximiliano se había dedicado durante años al diseño y evaluación de programas de asistencia social del Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF). Sabía que en ese trabajo, el orden, la disciplina y la paciencia, sobre todo la paciencia, eran virtudes imprescindibles. También sabía que mientras más ambiciosos fueran los objetivos del proyecto, mayor sería la complejidad de instrumentarlo, más difícil sería convencer a la directora y a la burocracia administrativa para que le asignaran los recursos necesarios, y mayor la cantidad de trabajo para lograr buenos resultados.
Maximiliano se fue a su oficina y tomó uno de los libros que había llevado en un taller sobre calidad en la administración pública que había cursado en la Ciudad de México. Revisó el texto preguntándose cuál de las herramientas que le habían enseñado le podría ayudar para traducir su idea en un proyecto.
Luego de revisar cuidadosamente el libro, decidió utilizar la herramienta llamada Diagrama de Árbol. Esa tarde la dedicó completamente a estudiar, paso a paso, el manejo de esa herramienta para estar completamente seguro de que era la más adecuada para sus propósitos.
Cuando se sintió con pleno dominio de la herramienta, Maximiliano le planteó la directora su propuesta de trabajo. A grandes rasgos, la propuesta consideraba tener dos reuniones de cuatro horas cada una, para definir entre todo el equipo directivo un plan que permitiera elevar la calidad de vida de los ancianos del asilo. En las dos sesiones se debían de identificar en detalle los problemas a resolver y las acciones a desarrollar, incluyendo tiempos y responsables. Se requería la participación de todo el personal directivo, del liderazgo y participación de la directora para impulsar el proyecto, y de que se le tuviera confianza a Maximiliano para que actuara como facilitador durante las reuniones de trabajo. Dada la experiencia de Maximiliano, la directora aceptó su propuesta, definieron la fecha de las reuniones de trabajo.
Maximiliano inició la primera reunión con la siguiente pregunta: ¿cómo podemos elevar la calidad de vida de los ancianos?, y les explicó a todos los directivos que el objetivo de las dos reuniones de trabajo era contestar esa pregunta, y que mientras más en detalle se respondiera, mayor sería el éxito de las reuniones y mayores los beneficios para los internos y para la institución.
Al principio, sólo se formularon respuestas comunes: conseguir mayor presupuesto, contratar más personal, especialmente médicos y enfermeras; encontrar benefactores que apoyaran las finanzas del asilo; mejorar el edificio, el equipamiento y el mobiliario; elevar la calidad de las comidas y el abasto de medicamentos; mejorar las instalaciones... En fin, respuestas poco específicas y que se podrían aplicar para cualquier asilo del país.
Pero Maximiliano insistió. Había que encontrar otras formas de dignificar la vida de los ancianos. Soluciones que no dependieran únicamente del dinero que la burocracia encargada del manejo del presupuesto aceptara destinarle al asilo. La solución de obtener más dinero era la más obvia, pero, en términos prácticos, la más complicada de alcanzar, dada la difícil situación de las finanzas del gobierno del estado y la inflexibilidad de los administradores del presupuesto. —Tenemos que ser más imaginativos —les dijo Maximiliano—, pensemos en otras soluciones.
       Hubo un breve silencio. Maximiliano les cuestionó: —Por qué no definimos con claridad el problema que queremos solucionar. Analicemos primero qué entendemos por "calidad de vida"—. Y así, enfocando a los participantes hacia una tarea específica, Maximiliano les facilitó la generación de ideas.
Al tratar de definir lo que entendían por "calidad de vida" en el contexto del asilo, llegaron a la conclusión de que el concepto tenía, por lo menos, dos componentes: a uno le llamaron "intangible" y al otro "material". El primero tenía que ver con todo aquello que estuviera más directamente vinculado con el bienestar mental y espiritual de los ancianos; y el segundo, con aspectos más concretos relacionados con su bienestar físico. Por lo tanto, acordaron que necesitaban definir por lo menos dos líneas de acción: una relacionada con acciones de "mejoras intangibles", y la otra con acciones de "mejoras materiales" (ver figura 1).



Maximiliano siguió conduciendo la sesión y facilitando el trabajo: ¿qué acciones eran necesarias para hacer realidad las "mejoras intangibles" y las "mejoras materiales". Las aportaciones siguieron fluyendo a mayor velocidad, pero pronto les pareció evidente que requerían de un método para organizar sistemáticamente la tormenta de ideas que se estaba generando en la reunión.
Ése era el momento que estaba esperando Maximiliano para proponer que organizaran las ideas en un Diagrama de Árbol. Maximiliano, como los buenos magos, ya tenía preparado el material: básicamente un paquete de tarjetas media carta, plumones gruesos para todos los participantes y cinta adherible para pegar las tarjetas en una de las paredes de la sala de juntas.
En cada tarjeta los directivos fueron escribiendo las tareas que a su juicio se requería realizar, y Maximiliano las fue pegando en la pared. A los pocas minutos se dieren cuenta de que algunas tareas eran más importantes que otras; es decir, que se podían jerarquizar en tareas principales y tareas secundarias; y que estas últimas a menudo dependían de las primeras.
Maximiliano fue ordenando las tarjetas en la pared de acuerdo con la importancia de la tarea que contenían, siempre con la ayuda y el consenso de los directivos, Al ver cada quien que sus ideas se ponían a la vista de todos, se despertó más el interés de los participantes y pronto el problema ya no fue animarlos a aportar ideas, sino facilitarles la construcción de acuerdos y consensos.
Poco a poco se fueron acomodando las ideas en función de su importancia y fue tomando forma el Diagrama de Árbol: a las tareas principales les llamaron ramas básicas, ya lasque se derivaban de cada rama básica les llamaron ramas secundarias. Maximiliano cuidaba que cada tarjeta tuviera registrada una acción concreta, y que todas las acciones estuvieran orientadas, siempre, a resolver el gran objetivo que se habían planteado: elevar la "calidad de vida" de los ancianos del asilo (figura 2).


Paso a paso fueron delineando y detallando cada una de las ramas del árbol. hasta definir las actividades más específicas. Por ejemplo, entre las acciones primarias de las mejoras intangibles, destacaron las de acercar a los ancianos con sus familiares, realizar actividades de integración y recreación, e instrumentar un programa de terapia ocupacional. A su vez, como ejemplo, de la rama compuesta por la acción de terapia ocupacional se derivaron dos acciones centrales: organizar un taller de serigrafía y uno de pintura. La definición de estos dos talleres respondió al hecho de que en el asilo estaban alojados varios ancianos con conocimientos en estas dos actividades y podrían dar apoyo como instructores.
       Por lo tanto, la siguiente rama (acción) del diagrama fue acordar con los ancianos que apoyaran el proyecto y fungieran como instructores en los talleres. Finalmente, la última actividad que se definió para poner en marcha los dos talleres (es decir, la última rama del Diagrama de Árbol, derivada de la rama llamada Terapia Ocupacional), fue la de conseguir el material para ponerlos en marcha (figura 2).
Una vez concluido el Diagrama de Árbol, comenzaron a asignarse las responsabilidades y a definirse los tiempos para realizar cada tarea. Había un estado de ánimo tan positivo, que Maximiliano los instó a ser más ambiciosos y proponer metas e indicadores que les permitieran medir los avances de cada una de las acciones.
Cuando tuvieron listo el Diagrama de Árbol, Maximiliano les hizo ver que lo que habían hecho no sólo era un diagrama ordenado de actividades, sino lo que en el lenguaje de los sistemas de administración de calidad se llamaba un Plan de Ejecución (Plan de Mejora o Plan de Calidad), ya que indicaba el objetivo, las tareas principales, las tareas secundarias, los responsables de llevarlas a cabo, los tiempos de ejecución de cada tarea, y las metas y los indicadores permitirían estimar los avances del proyecto. Ese Plan de Ejecución, en forma de Diagrama de Árbol, les permitiría dar seguimiento puntual al proyecto.
Cuando comenzaron a recapitular lo que habían realizado durante las dos sesiones de trabajo, los directivos confirmaron que algunos de los huéspedes del asilo podrían ser un valioso apoyo para llevar a cabo el proyecto. No sólo como instructores, como en el caso de los talleres de pintura y serigrafía, sino también como motivadores e impulsores del Plan de Ejecución.
Destacaban, por supuesto, Miguel, Manuel, Elías y Esteban, que mostraban una gran pasión por la vida; sorprendían al personal, a sus compañeros y a los directivos con bromas bien planeadas y siempre ingeniosas; y tenían un liderazgo muy positivo entre los internos.
A los directivos les llamó la atención cómo, en el marco del Plan de Ejecución (es decir, un Diagrama de Árbol con objetivos y acciones ciaras), la actitud de algunos de ellos hacia los cuatro bromistas había cambiado radicalmente.
        Hasta hacía poco tiempo, algunos habían considerado la posibilidad de separar a los cuatro ancianos y ubicarlos en otros asilos, por los inconvenientes que causaban con sus bromas. Ahora, en cambio, comprendían que el buen ánimo de los cuatro viejos, y hasta su ocasional impertinencia, eran factores que servirían para impulsar el Plan de Ejecución en el asilo.
A Maximiliano le asignaron la responsabilidad de coordinar las acciones de las ramas de integración y recreación y de terapia ocupacional (figura 2), y él decidió aprovechar el potencial de los ancianos en su Plan de Ejecución. Los juntó y les explicó en detalle el proyecto, escuchó sus opiniones y las integró al planteamiento general. Esteban se ofreció a coordinar el torneo de ajedrez, y Elías, que, ya se sabe, era gran aficionado al cine, se propuso para dirigir el cineclub.
Con el apoyo de los cuatro ancianos, Maximiliano convocó a una reunión general para dar a conocer a todos los internos el Plan de Ejecución. Como siempre, hubo personas escépticas e indiferentes, pero la mayoría se mostró entusiasta y esperanzada. Maximiliano sabía que algunos de los indiferentes se sumarían al proyecto conforme vieran resultados positivos. Por los escépticos ni se preocupó, la experiencia le decía que en cualquier organización o comunidad siempre hay personas que están en contra de todo y en favor de nada. Maximiliano aprovechó esa misma reunión para explicarles que planeaba hacer gestiones ante el Sistema de Financiamiento para el Desarrollo del Estado (SIFIDE) con el fin de solicitar un financiamiento que les permitiera arrancar con los talleres, el torneo de ajedrez y el cineclub. Pero que habría más probabilidades de éxito si se formaba una comisión de internos que lo acompañara a hacer los trámites. Maximiliano les dijo que se requería que la comisión tuviera una gran capacidad de negociación, para sortear exitosamente las entrevistas con los técnicos del SIFIDE así por unanimidad, se decidió que la comisión estuviera integrada por los cuatro bromistas. En opinión de sus compañeros, y sobre todo de sus compañeras, Esteban, Miguel, Elías y Manuel eran capaces de convencer, y si fuera necesario de engañar, al mismo diablo. Como una anciana dijo maliciosamente, "más sabe el diablo por viejo que por diablo, y estos viejos son muy diablos".
Ahora, a punto de entrar a la entrevista con uno de los analistas del SIFIDE, Maximiliano escuchaba bromear a los viejos en la sala de espera y supo que con el respaldo de esos cuatro fantásticos no tendría problemas para conseguir el crédito. Supo que las luces del hogar de los ancianos se encenderían otra vez.


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