miércoles, 29 de junio de 2011

LOS COLORES DEL PASADO

Mientras avanzaba en la fila, Emilia barajaba los nombres de sus clientes una y otra vez. Pensaba en los pedidos que debía entregar, en las cuentas que debía cobrar, y en cómo mejorar la atención que les brindaba. A los clientes de Emilia les agradaba el trato tan personal que ella les daba, aunque a veces olvidaban pagar puntualmente sus cuentas.
Cuando llegara al mostrador, Emilia llenaría el formato de solicitud del crédito y se lo darían, de eso estaba segura. Tres veces lo había conseguido y tres veces había pagado puntualmente el dinero que el gobierno del estado le prestaba para su taller de alfarería. Su historia crediticia en el Programa de Apoyo a Proyectos Productivos tenía una muy buena calificación, y ésa era la mejor garantía que ella podía ofrecer para respaldar su petición, Emilia había estudiado Historia del Arte, pero se había aburrido de la rutina burocrática que la había absorbido durante ocho años en una oscura dirección de área del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Aburrida, pero sobre todo desolada por la cruel experiencia de haber visto morir a su novio en un absurdo asalto callejero, decidió abandonar la ciudad de México.
Ahora tenía un pequeño taller de alfarería en las afueras de Tancanhuitz, en plena Huasteca potosina. A menudo pensaba qué diferente era la pacífica exhuberancia explosiva de la selva, a la salvaje selva de asfalto del Viaducto o Periférico. Emilia ocupaba a ocho artesanos, indígenas huastecos, a quienes había capacitado en el manejo y cocido del barro, yen la manera de trabajar los tintes traídos desde Italia, lo que les permitía desplegar toda su imaginación y crear piezas de altísima calidad.
Los artesanos tenían toda la libertad para recrear en barro la zoología de sus ensueños: caimanes de ojos verdes y panzas amarillas, ranas con más colores que el arco iris, culebras con alas de ángel y relampagueante mirada de demonio, tigres blancos constelados de estrellas, loros de jade más brillantes que la selva, insectos como joyas cuajadas de rocío.
Sin embargo, libertades creativas aparte, a los artesanos había que pagarles puntualmente, por lo que Emilia ocupaba gran parte de su tiempo en promover que sus clientes saldaran oportunamente sus adeudos. Pero el buen trato de Emilia, su educación, su cultura, la belleza de sus creaciones, y quizá también la sensualidad de la mujer, hacían que su cartera de clientes creciera, y con ella el monto de los pedidos y los sueños de progreso de Emilia y de sus artesanos.
Emilia estaba decidida a agrandar el negocio. Solicitaría un crédito para ampliar sus alas, volar más alto y obtener más contratos con las grandes firmas exportadoras, que encontraban en la fina tradición de sus creaciones artesanales un buen producto para vender en las grandes capitales del mundo.
Para obtener su primer crédito, Emilia había tenido que cumplir con el requisito de cursar cuatro seminarios de capacitación sobre administración y planeación empresarial. El intenso programa de capacitación era uno de los factores de éxito del Programa de Apoyo a Proyectos Productivos, el cual recuperaba cerca de noventa y siete por ciento de los créditos que otorgaba.
Al principio a Emilia le pareció que el requisito de cursar los seminarios iba a ser una horrible y aburrida pérdida de tiempo, pero resultó todo lo contrario. Como consecuencia de esos seminarios, Emilia aprendió a organizarse de otra manera, a trabajar de otro modo, a pensar de forma diferente. Ella, tan dispersa, aprendió a concentrar mejor su energía creativa en función de sus intereses y prioridades.
Una de las costumbres que adquirió fue registrar en tarjetas, y pegar en un pizarrón visible para todos, las ideas que se le ocurrían o que le sugería los artesanos para resolver algún problema o lograr un determinado fin. Ese método ya le había resultado provechoso cuando se propuso mejorar el proceso de embalaje de las piezas de barro, o cuando todos aceptaron un gran contrato para la Navidad anterior y tuvieron que incrementar su productividad, sin perder la calidad, durante cuatro agotadoras semanas.
Ahora, pensaba, apenas llegara al taller comenzaría a pegar en el pizarrón tarjetas con ideas que apuntaran hacia un objetivo muy claro: hacer realidad el sueño de ampliar el negocio e inundar el mundo con sus creaciones de barro pintadas con los colores de su pasado y del futuro.
Mientras avanzaba la fila, Emilia encendió un cigarrillo para pensar en Enrique, el humo formaba pequeñas ondas que se elevaban caprichosamente y se disipaban como los días y la vida misma. Miró su reloj y recordó que su hombre llegaría esa tarde. No los unía ningún contrato, sólo el deseo de estar juntos, de disfrutarse mutuamente.
Siempre le sorprendía sentirse tan enamorada de él. Ella, tan autosuficiente, tan orgullosa nunca pensó que pudiera enamorarse tanto a cambio de tan poco, Enrique viajaba mucho y sólo pasaba algunos días al mes con ella. Además, apenas estaba saliendo de un largo e infeliz matrimonio, y el proceso de separación, donde había dos niños involucrados, le había producido heridas que tardarían mucho en cicatrizar. Pero, por alguna razón, si es que el amor entiende de razones, ella lo amaba tal y come era, Emilia le había propuesto mas de una vez que dejara su trabajo y que se uniera a la aventura empresarial de competir en el mercado internacional de las artesanías. Ella estaba segura de que con la fuerza de carácter de Enrique, siempre optimista e inteligente, sería mucho más fácil ampliar el taller. En fin, pensó Emilia, una nunca sabe, tal vez pronto Enrique se decidiera a comprometerse plenamente con ella, abandonara sus prejuicios machistas y sumara toda su fuerza para impulsar el taller.
Su pensamiento la regresó a la realidad. Si no le otorgaban el crédito, habría que esperar tres meses para poder hacer una nueva solicitud, y eso: afectaría seriamente la marcha del taller. Pero, de cualquier manera, había cosas más importantes, como el pedacito de amor que le daba Enrique, que le era suficiente para llenar su corazón y darle fuerza para enfrentar todos los problemas que implicaba la administración del taller.
Por fin llegó al mostrador. Entregó los documentos y le pidieron que pasara con uno de los analistas. Tuvo suerte, le tocó que la atendiera Pedro, un joven analista que conocía bien su trayectoria crediticia. Pedro la saludó con amabilidad y consultó la computadora para revisar el expediente de Emilia. Verificó que hubiera saldado totalmente su último crédito y le explicó que, debido a su excelente desempeño, podría acceder a un préstamo por un monto mayor que en el pasado, si es que así lo deseaba. Emilia se puso feliz y aceptó encantada. Ese día nadie trabajaba en el taller. Los ocho artesanos, originarios todos de la Huasteca serrana, tenían permiso de ausentarse y regresar dos días después porque estarían en las fiestas del Señor de las Aves y los Vientos, en San Mateo. Ese pueblo era famoso por la imagen milagrosa a la que acudían sus fieles para pedir protección de sus enemigos. Encendían ceras, miraban con devoción el rostro del Santo, oraban pidiendo protección y salían con las manos entrelazadas. Más tarde brindaban con aguardiente y comían todo lo que llevaban en sus itacates.
Los artesanos habían creado un par de imágenes del Santo en actitud de buena esperanza, y una de ellas la habían llevado para donarla a la iglesia, como agradecimiento por haber contado con pan, techo y trabajo durante el último año. Hacía exactamente doce meses, ellos habían pedido protección contra el hambre, la enfermedad y la falta de trabajo, y su petición había sido plenamente atendida. Mientras los artesanos estaban contentos por haber conseguido el milagro de que el taller funcionara tan bien, Emilia guardaba el secreto de haber conseguido del Señor de las Aves y les Vientos, los créditos del gobierno del estado que habían hecho viable el taller, mientras que otros pequeños empresarios no lograban obtener siquiera el primer apoyo financiero. Ese año, los artesanos llevaban la figura del Santo patrono y le pedirían protección contra el infortunio, la enfermedad y el desamor. Esta última petición la harían a nombre de Emilia, aunque ella no supiera nada.
Emilia salió de la oficina gubernamental con el cheque en su bolso. Utilizó las calles más transitadas para sentirse más segura, y aunque trataba de pasar inadvertida, involuntariamente dejaba ver su felicidad. Tal vez sintió en la espalda la mirada ruin de un ladrón, la amenaza del golpe seco del infortunio, pero su confianza en salir adelante le hizo arribar al banco sin contratiempo. Llegó apenas unos minutos antes de que cerrara y, después de hacer el depósito, compró la cera que enviaría como regalo al Señor de las Aves y los vientos hasta San Mateo.
Por la tarde, cuando regresó al taller, el silencio envolvía un misterio que, sólo Emilia podía descifrar. Mientras ella se ponía la bata de trabajo y se sentaba ante su escritorio a revisar algunos documentos, sin percibirlo, los animales cobraron vida. El caimán prometió protegerla de los clientes morosos. El tigre albino la defendería de los ladrones de ideas. El loro de alas de flamboyán le cuidaría las finanzas. Los insectos luminosos salvaguardarían el techo de ladrillo, y la víbora de alas de ángel velaría la solidez de sus relaciones con las empresas que se deslumbraban con sus creaciones.
Emilia estaba demasiado motivada para revisar papeles. Mejor tomó unas tarjetas y comenzó a apuntar los aspectos en los que debía concentrarse para lograr la expansión del taller. Lo primero, pensó, era tener mayor margen de maniobra en materia financiera, y eso se podía lograr mediante dos acciones muy concretas: conseguir un nuevo crédito con intereses blandos del Programa de Apoyo a las Actividades Productivas, cosa que ya había logrado, y reducir el monto de su cartera vencida. Apuntó estas ideas en dos tarjetas y las pegó en el pizarrón.
      El pizarrón se iría llenando con las variables que debían cuidarse para mantener vivas las posibilidades de expansión del taller. Por lo pronto, ya había dos que resaltaban entre las demás: inyectar mayor capital para mejorar la maquinaria, los materiales y contratar más artesanos; y reducir la cartera vencida para incrementar la liquidez de la pequeña empresa.
Emilia pasó su mirada por los estantes del taller. En cada pieza de barro se adivinaba el trabajo de una mano mágica, casi milagrosa; el producto de una larga historia de vivencias, tradiciones e imaginación. Emilia sabía que una parte importante de su éxito se debía a su habilidad para encontrar y contratar a los mejores artesanos de la región, sin importar sexo o edad. Escribió ese en una tarjeta y la añadió a las que ya tenía en el pizarrón.
Con sus dedos mesando suavemente su pelo siguió observando el taller. El diseño y la manufactura impecable, sus animales fantásticos, sus texturas suaves y sus miradas expresivas y sugerentes ensanchaban de orgullo el corazón de Emilia. Sentía que de manera extraña la aconsejaban, la envolvían en su mundo, y los que estaban a punto de irse en el próximo embarque le bendecían el taller.
Si por ella fuera, no vendería ninguna de esas creaciones, todas eran hermosas, todas transmitían una sensación agradable a la vista, al tacto, a la imaginación. Todas tenían una alta calidad artística y material. Ésa era, tal vez, la principal característica de su taller. La registró en una tarjeta y la colocó cuidadosamente en el pizarrón.
Se distrajo un poco, prendió un cigarrillo y tomó la carpeta donde leyó los pocos pedidos cancelados. No a todos les gustaban los animales de barro multicolores; se dijo. A pesar de eso, la tranquilidad bañaba sus dedos repletos de anillos y las muñecas con pulseras refulgentes.
El día transcurría y en unas horas llegaría Enrique. Este pensamiento dio alegría a sus ojos, negras luces de bengala, e involuntariamente revolvió con provocación su largo y oscuro cabello.
Terminó de fumar y guardó la carpeta en el cajón de su escritorio. Estaba segura de que la calidad de sus productos atraería cada vez a un mayor número de clientes, pero era necesario que más personas conocieran su trabajo, en el País y en el extranjero. Añadió estos dos factores en su pizarrón de ideas.
Emilia se quedó observando el pizarrón en el silencio de la tarde. Pocas veces tenía oportunidad de estar así, en calma, pensando, sin interrupciones. Notó que tenía buenas ideas, pero para garantizar el éxito del taller debía establecer prioridades, Sabía que las ideas registradas en el pizarrón estaban relacionadas entre sí, pero necesitaba determinar cuáles eran causa y cuáles eran efecto (es decir, identificar el patrón de causalidad) y, sobre todo, identificar cuáles, de todas las variables identificadas, eran los factores clave para lograr su objetivo: recordó lo que le habían enseñado en uno de los seminarios de capacitación, y fue comparando, por pares, cada una de las tarjetas con el resto, preguntándose: ¿tienen relación entre sí?, ¿cuál es causa y cuál es efecto?, ¿cuál contribuirá más a lograr la expansión del taller? En función de las respuestas fue acomodando nuevamente las tarjetas en el pizarrón e ilustró con flechas las relaciones de causalidad entre ellas. En la tarjeta que identificaba como causa iniciaba una flecha, y la terminaba apuntando a la tarjeta que identificaba como efecto.
Acomodó y reacomodó tarjetas, dibujó, borró y volvió a dibujar flechas; así, poco a poco, fue encontrando la mejor ubicación de todas las tarjetas y dándole forma a lo que uno de los instructores del gobierno había llamado Diagrama
de Relaciones (figura 1).



Emilia notó que el aseguramiento de la calidad del producto, la demostración de solvencia para contratar crédito y el incremento en el volumen de ventas eran los factores clave en el proceso de ampliación del taller, Había identificado diversas variables que eran importantes para el éxito futuro del taller, pero dos eran prioritarias: conseguir mayor capital y garantizar la calidad de las creaciones; es decir, que cada pieza cumpliera con las expectativas de sus clientes, sin importar en qué país residieran éstos.
Sentada frente al pizarrón, de pronto imaginó a Enrique atravesando la puerta de entrada, bromeando con los artesanos, y declarando un amor imaginario a la más niña de sus trabajadoras, mientras anunciaba con su voz fuerte y alegre: "Más vale que me hayan extrañado, porque si no, un día no voy a regresar y a ver qué hacen sin mí, ¿eh? Entonces ella secaría sus manos en su bata de trabajo y le buscaría con sus ojos luminosos: como si mirara al marino que por fin llega seguro al puerto.
Pero hoy no están los artesanos, ¿Con quién hablará Enrique cuando entre?, se preguntó Emilia mientras pensaba en encender otro cigarrillo.
Ya estaba oscureciendo, au mentaba el volumen de los ruidos de la noche y desde la ventana Emilia comenzaba a distinguir las lucecitas intermitentes de las luciérnagas. Esta vez Enrique estaba tardando más de la cuenta. La mujer se preocupó a pesar de estar acostumbrada a lo impredecible de los horarios de su hombre. Desde su oficina dominaba la entrada, sabía que él podía tardarse un poco más y eso la tranquilizó. En la cajetilla quedaban suficientes cigarrillos para disfrazar su nerviosismo y decidió encender uno más, pero ya no tenía cerillos, y salió a buscar una cajita,
Cuando regresó, la voz risueña de su hombre llenaba el taller y sus alrededores, pero ¿dónde están todos?, ¿me han abandonado? Emilia, ¿dónde andas? Cuando Emilia entró en el taller, corrió a abrazarse con Enrique, quien la acurrucó en su amplio pecho. Cuando estaba así, Emilia siempre se sentía protegida y segura, —Mi amor —le dijo—, por fin llegaste, que felicidad tenerte aquí.
Enrique tomó suavemente entre sus manos el rostro de Emilia, y viendo directamente el nocturno misterio de sus ojos le pidió, súbitamente serio, que vivieran juntos. Le dijo que lo había pensado desde hacía semanas, pero que esa tarde, de pronto, lo había decidido: no quería la libertad sin ella, le aterraba pensar que la perdía y quería asegurarse de tenerla para siempre a su lado. Si ella lo aceptaba, él se quedaría,
Emilia miró la segunda imagen del Señor de las Aves y los Vientos que estaba en el altarcito de los artesanos y prometió prenderle una veladora. No sabía que esa tarde los artesanos habían orado para protegerla del desamor. Besó largamente a su hombre y volcó su corazón en el amor que le juraba. En tanto, desde los estantes, los animales caleidoscópicos se daban cuenta de que
Ese amor había dejado de ser un simple pedacito.


miércoles, 15 de junio de 2011

LA MIRADA BRILLANTE DE LOS AUSENTES

Alberto miró el puñado de rostros jóvenes deseosos de comenzar a trabajar. Se instalaron en sus ventanillas tras el mostrador de madera y levantaron la mano derecha. A la hora exacta abrieron la oficina y los muchachos bajaron la mano. Era la señal convenida para motivarse al iniciar sus labores.
Alberto observó que ninguno de los muchachos rebasaba los veintiocho años. Los viejos compañeros de trabajo ya no estaban. Algunos se habían jubilado y otros habían muerto, pero la fila de emigrados que día a día pasaba por esa oficina parecía ser siempre la misma: cuerpos enjutos, manos nervudas y caras requemadas por el sol.
La oficina del programa de apoyo a migrantes enlazaba a los hombres que no lograban pasar el río con sus familiares de este lado de la frontera. Para realizar los trámites, los migrantes debían responder primero un cuestionario y justificar no tener los medios económicos para regresar a sus lugares de origen.
Quienes llegaban a esa oficina lo hacían porque habían reconocido su fracaso, yen lugar de la esperanza que alguna vez los había animado a lanzarse a la aventura, portaban sombreros deformados, pantalones de mezclilla tan maltratados como su orgullo, botas desgastadas y rostros que traslucían desaliento, temor y tristeza.
Sin saber por qué, Alberto detuvo la mirada en un hombre viejo que lucía una dignidad paciente frente al mostrador de sus jóvenes subalternos. Su quebrantada tez parecía labrada por decepciones e historias tristes, y, sin embargo, al viejo se le notaba una actitud diferente a la del resto de los hombres que esperaban necesitados de ánimo, afecto y dinero para regresar a casa. ¿Por qué el sujeto parecía sonreír cuando hablaba? ¿Por qué le parecía conocida esa sonrisa? ¿Acaso sería el mismo hombre que Alberto había conocido hacía muchos años? De pronto, un finísimo hilo de luz venido de un pasado remoto le tocó el cerebro despertando su memoria.
En ese instante le pareció oír cómo el hombre se ahogaba en la pileta que estaba al fondo de la vecindad donde Alberto vivió de niño, y cómo los vecinos lo sacaban de ahí a medio desfallecer y cómo volvía a intentar llegar al otro extremo, y cómo lo sacaban, una y otra vez. Sólo así aquel hombre había aprendido a nadar. Recordó el día en el que provisto tan sólo de una chamarra de mezclilla, el hombre, con una cachucha roja y un maletín de mano, se fue tras su sueño de cruzar a los Estados Unidos y ganar muchos dólares y recordó cómo se despedía en el patio de la vecindad de amigos y familiares, entre lavaderos, niños corriendo y ropa tendida al sol.
Las semanas pasaron y luego los meses. Pero un día comenzaron a llegar los dólares desde un pueblo perdido en Arizona. Dólares que desaparecían tan rápido como llegaban a las manos de sus familiares. Periódicamente, el hombre regresaba del norte y encontraba las mismas carencias en su casa, el mismo paisaje, los mismos amigos en la vecindad.
A veces, por las noches, luego de unos tragos de aguardiente, el hombre contaba historias. Alberto, entonces un niño de unos diez u once años, se acercaba con sigilo para escuchar, como hipnotizado, las pláticas de los adultos, calladito para no llamar la atención.
Había pasado mucho tiempo desde aquellas noches en la vecindad, pero Alberto reconoció esos ojos y, sobre todo, esas arrugas en !a frente que se acentuaban cuando el hombre hablaba de los fantasmas de allende el Bravo. En su memoria todavía rondaba la historia que el hombre contó una noche: "Caminábamos por el desierto cuando se empezaba a ocultar el sol y en el día dormíamos debajo de algún huizache. Pero al atravesar el desierto, las ánimas de los que ahí habían fallecido nos acompañaban, las sentíamos junto a nosotros, murmurándonos cosas. Algunas eran buenas y nos guiaban a lugares donde nos conseguían trabajo. Pero había otras que se metían en el cuerpo de algunos de nosotros y nos hacían maldecir nuestra suerte como endemoniados".
El recuerdo de Alberto se detuvo repentinamente. Sin darse cuenta: sus ojos estaban fijos en el piso de granito de la oficina. Sí, ese hombre era el Norteño, como lo apodaban todos por sus idas constantes a los Estados Unidos. Pero regresó al ensueño y nuevamente dejó de percibir lo que se decía a su alrededor, para volver a reproducir con toda claridad lo narrado por el hombre aquella noche en el patio de la vecindad.
"En una ocasión, un espíritu maligno se le metió a un muchacho de Zacatecas y lo hizo correr por el desierto hasta que se nos perdió. Por más esfuerzos que hicimos, no lo pudimos encontrar. Por las noches se nos aparecía tratando de perdernos en la inmensidad de los paraje, si no lo consiguió fue porque conocíamos bien las estrellas que nos llevaban por el camino correcto y porque el miedo hacía que todos nos tomáramos de las manos para no hacerle caso".
En la vecindad, los hombres lo escuchaban absortos, y los niños, espantados, abrían los ojos como faros de automóvil. Ahora, treinta y tantos años después, Alberto sonrió porque en ese entonces nadie ponía en duda las palabras del Norteño. Mucho menos cuando en las madrugadas maldecía a las ánimas que lo visitaban en su cuarto, luego de una noche de aguardiente.
Súbitamente, Alberto puso de nuevo atención en el presente cuando el viejo le dijo al joven que lo atendía: "Necesito juventud para regresar a casa". Desde hacía unas semanas, estimulados por Alberto, los muchachos que estaban a cargó de la atención y apoyo a migrantes querían organizar su trabajo para dar un mejor servicio a quienes acudían a la oficina. Inclusive realizaban reuniones semanales para analizar y evaluar su trabajo, con el fin de mejorar su desempeño de modo permanente. Pero nunca, nadie, ni siquiera Alberto, había recibido una petición de ayuda tan extraña como la que acababa de hacer el viejo.
En sus reuniones de trabajo, Alberto, quien había tomado algunos talleres de administración de calidad total, les había hecho notar a los muchachos que ellos generaban muchas ideas sobre la forma de apoyar mejor a los "mojados" pero que les faltaba un método para ordenarlas y aprovecharlas mejor.
Luego de varias reuniones, Alberto los convenció de que concentraran su atención y su trabajo en los aspectos clave que afectaban a los migrantes. Es decir, en los problemas más importantes que enfrentaban los paisanos que llegaban buscando ayuda a la oficina.
Les sugirió que primero debían identificar los problemas principales de los migrantes; después, clasificar los problemas de acuerdo con su afinidad; y, finalmente, delinear estrategias de solución para cada tipo o bloque de problemas. De esta manera, les dijo, podrían instrumentar acciones más eficaces e integrales de protección y apoyo a los migrantes y atacar de manera simultánea conjuntos de problemas del mismo tipo. Eso sería mejor, concluyó, que continuar trabajando en función del problema específico que enfrenta cada una de las personas que llega a la oficina en busca de apoyo.
Los jóvenes oficinistas ponían atención en lo que Alberto les decía y reconocían que tenía razón. Ellos, en su trabajo diario, escuchaban de los migrantes una buena cantidad de los problemas que los afectaban, pero normalmente eran expresados de manera confusa y mezclaban causas y efectos (cuadro 1), y eso dificultaba analizarlos en detalle.



Alberto les había sugerido que para ordenar los principales problemas de los migrantes, los escribieran en tarjetas (cada problema en una tarjeta) y que pegaran éstas en un pizarrón que estuviera a la vista de todos; y luego, que entre todos fueran agrupando las tarjetas de acuerdo con las características comunes de los problemas escritos en cada una de ellas. A los jóvenes les pareció que valía la pena intentarlo, y luego de un par de horas de trabajo lograron ponerse de acuerdo y clasificar los problemas en tres categorías a las que llamaron: inseguridad, indefensión jurídica y salud pública. Sin darse cuenta, al buscar una manera de organizar la problemática de los migrantes, estaban delineando, con la guía de Alberto, un Diagrama de Afinidad (figura 1).



Cuando clasificaron los problemas, los muchachos notaron rápidamente que la mayor parte estaban relacionados con lo que llamaron indefensión jurídica. Es decir, con la ineficacia o desconocimiento de las leyes e instrumentos legales que protegen los derechos de los migrantes; pero que también eran muy importantes los problemas de inseguridad pública y de salud. Con estos hallazgos inmediatamente empezaron a sugerir, de manera algo desordenada, medidas más integrales de apoyo a los migrantes.
Pero Alberto les sugirió tener un poco de calma, y les propuso que primero le mostraran el Diagrama de Afinidad a un colega, amigo de él, que trabajaba en otra oficina de apoyo a migrantes, con el propósito de conocer su opinión, evaluar si el diagrama que habían elaborado contenía de verdad los principales problemas que enfrentaban los paisanos en su intento por llegar al norte y, quizá, establecer convenios de colaboración con otras oficinas de apoyo a migrantes, para actuar de manera más uniforme y solidaria.
El colega de Alberto se mostró muy interesado en revisar el Diagrama de Afinidad elaborado por los muchachos; hizo algunos comentarios que lo mejoraron y decidió adoptarlo para ordenar el trabajo de su propia oficina.
Los resultados prácticos del Diagrama de Afinidad estaban rindiendo frutos y ya habían servido para apoyar el diseño de programas y acciones concretas, con los gobiernos estatal y federal, que orientaran mejor a los emigrantes en cuestión de derechos humanos, derechos constitucionales y de autoprotección en materia de criminalidad y salud. Los muchachos se sentían muy reconocidos, y se habían trazado metas más ambiciosas para mejorar el funcionamiento de su oficina. Sin embargo, Alberto inmediatamente se dio cuenta de que la petición del Norteño a su joven colaborador era inclasificable en su Diagrama de Afinidad. Ninguna de las categorías de problemas identificados consideraba proveer juventud para regresar a casa.
De pronto, Alberto sintió en el corazón el roce agridulce de la nostalgia, cuando se dio cuenta de que desde hacía quién sabe cuántos años y sin siquiera percatarse, había olvidado por completo al Norteño. Que aquellas aventuras en las que había fantasmas que lo habían hecho palidecer de niño, ahora le provocaban apenas una leve sonrisa.
Con la presencia del Norteño volvían las historias de sus temores de niño: la locura de los hombres sin alma, las cuencas vacías como pozos sin fondo, los murmullos de las ánimas en mitad del silencio, sin saberlo, el Norteño había regresado para recordarle una niñez repleta de fantasías.
           Al observar al viejo tenía la sensación de regresar el tiempo, sentía en el pecho simultáneamente la opresión de la nostalgia y el alivio de haber dejado atrás los días de la vecindad. Algo parecido a como se siente un suspiro después de haber llorado mucho.
         Mientras en la oficina bullía la actividad y los jóvenes tomaban notas para apoyar el diseño de nuevas técnicas y herramientas para solucionar problemas y responder a las necesidades de los migrantes, Alberto revivía por un momento aquellas emociones tan ligadas a su infancia que le había provocado la mente aventurera y soñadora del Norteño.
       Al ver que el Norteño recibía el pase a las cabinas telefónicas, Alberto sintió temor al imaginarse el diálogo que estaba por iniciar el viejo emigrado. Sin embargo, una sensación de alivio le recorrió el cuerpo al oír que el hombre se despedía sonriente del joven del mostrador: "Le va a dar mucho gusto a mi hija saber que me regreso después de tanto tiempo. Gracias muchacho, que Dios te lo pague".
      Alberto se puso sus lentes, se quedó un instante mirando sin ver la superficie de su escritorio, y luego, reaccionando, tomó uno de los muchos! Oficios que tenía que firmar esa mañana tan calurosa. Empuñó su pluma, mientras que la nostalgia le empañó un poco la mirada de sus ojos ausentes.

miércoles, 8 de junio de 2011

LA MITAD DE LA VIDA

Jacinto, sentado con dos canastitas en su regazo, esperó a que Ofelia y Margarita se desocuparan un poco. Las trabajadoras sociales lo miraron con cariño y cuchichearon con simpatía mientras Jacinto permanecía tranquilo en la sala de espera de la oficina de jubilaciones, en el sexto piso de la Delegación Estatal del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Aunque tenía algunas cosas que hacer, Jacinto no deseaba apresurar a sus amigas con el asunto de su trabajo. Ellas tan generosas y tan jóvenes que podrían ser sus hijas, o él tan viejo que podría ser su padre.
En la oficina todos sabían que Ofelia y Margarita eran buenas amigas, pero pocos sabían que también compartían sus sueños. El de Margarita era enamorarse de alguien bueno y un día recorrer París tomados de la mano. El de Ofelia, irse a vivir a Malinalco con su hijito de tres años y poner un pequeño restaurante de comida italiana.
Todo había comenzado porque Jacinto, que había sido jefe de recursos humanos en una empresa armadora de bicicletas, deseaba volver a trabajar después de cinco años de pensión. Y es que el amor le había tocado el corazón como al de un adolescente. Sentía la sangre galopar por su cuerpo y el corazón le latía con la ansiedad ilusionada de cuando tenía catorce año. Ese corazón le avisó que volvería a la actividad cuando conoció a Rosa.
El hombre de sesenta y ocho años estaba completamente enamorado, y en la más reciente convivencia con sus amigos pensionados descubrió que si Rosa viviera con él ya no la extrañaría nunca.
Jacinto deseaba poseer todo lo que Rosa pudiera darle y decidió volver a trabajar para ofrecerle una vida decorosa y segura a la mujer que veía como un regalo de Dios. Pero tenía varias preguntas que lo inquietaban: ¿qué tan difícil sería para él encontrar trabajo?, ¿qué debía hacer para mejorar sus probabilidades de ser empleado nuevamente?, ¿no afectaría su pensión el volver a trabajar. Con todo el deseo de trabajar para tener algo que ofrecerle a Rosa, Jacinto decidió acudir a la oficina de jubilaciones del IMSS para pedir asesoría.
Primero lo atendió Margarita, pero pronto se sumó Ofelia, porque había muchas preguntas para las que no tenían respuestas. Las trabajadoras sociales lo escucharon y luego hablaron suavemente, sin apresurarse, como siempre hacían cuando se identificaban con el problema ajeno.
Ambas consultaron un gastado volumen que contenía las disposiciones legales relacionadas con jubilaciones, y poco a poco fueron disipando las dudas de Jacinto. Ésa fue la primera de varias entrevistas que tuvieron los tres. En cada una se aclaraba más el panorama y se iba desenvolviendo una plática que llenaba de optimismo a Jacinto y a las trabajadoras. Cada pregunta de Jacinto que encontraba una respuesta alentadora de Ofelia y Margarita los iba cubriendo a los tres con una fina capa de amistad.
A menudo, Ofelia y Margarita escucharon de su amigo pasajes de la historia de su vida, tan comunes que se conocían hasta los huesos En ocasiones, a Jacinto se le cortaban las palabras para contener el llanto. Pero luego hablaba de Rosa y la cara se le iluminaba como un sol, se afinaba su mirada, como la de un cazador, y de su sonrisa emanaba energía y esperanza. Jacinto rejuvenecía como un árbol viejo al que se le ha puesto abono y tierra negra. Volvía la juventud a sus sienes y la energía al puño enardecido del trabajo.
Con la ayuda de Ofelia y Margarita poco a poco se fueron limando las aristas de la situación administrativa de Jacinto. Ahora su problema era encontrar empleo. Había sido un excelente trabajador, pero su edad jugaba en contra.
La experiencia ya no es ventaja cuando los años se acumulan en el cuerpo, y las arrugas no son buenos argumentos curriculares en un mundo laboral que privilegia la juventud y la apariencia.
Como parte del Programa de Calidad del IMSS, Ofelia y Margarita habían aplicado una encuesta para averiguar las razones por las que muchas empresas cerraban sus puertas a personas mayores de sesenta años, con deseos y capacidad de trabajar. Las trabajadoras sociales sabían que la información recabada a partir de la encuesta les sería muy útil para ayudar a Jacinto a encontrar empleo. Así que se dieron a la tarea de analizar a toda prisa los datos recabados. Lo hacían por Jacinto, lo hacían por Rosa y para aprovechar la oportunidad que la vida les estaba dando de hacer algo bueno por alguien.



A Ofelia se le había ocurrido que la información de las encuestas les permitiría construir un Gráfico de Pareto y que con esta herramienta se facilitaría diseñar una buena estrategia de búsqueda de trabajo para Jacinto, y para todas las personas de la tercera edad que, como él quisieran encontrar trabajo. Le propuso su idea a Margarita, quien luego de revisar sus apuntes de los talleres de capacitación que habían cursado en el Programa de Calidad, estuvo de acuerdo en que esa herramienta las podría auxiliar mucho para ayudar a Jacinto a encontrar trabajo.
Como primer paso para construir el Gráfico de Pareto, clasificaron las respuestas de las empresas por su frecuencia y construyeron un cuadro en el que ordenaron y concentraron los datos. Ese cuadro resumía las principales razones por las que las empresa: preferían no contratar a personas de la tercera edad. Observaron que algunas causas aparecían con mucha mayor frecuencia que el resto, y para confirmarlo, ordenaron las respuestas de mayor a menor de acuerdo con su frecuencia y luego las graficaron.
Cuando Ofelia y Margarita analizaron la gráfica notaron que los factores "creatividad" e "iniciativa" concentraban 56% de las respuestas, y junto con "rendimiento físico" sumaban 76%. Esto significaba que más de tres cuartas partes de las negativas de trabajo para personas de la tercera edad se debían a la creencia de que éstas ya no tenían capacidad de aportar nuevas ideas ni de tomar riesgos. Es decir, que éstos eran los factores clave que determinaban la dificultad para que una persona mayor de 60 años pudiera ser aceptada en una empresa. Aprovechando esta información, diseñaron con Jacinto una estrategia de búsqueda de trabajo apoyada en los siguientes principios:



• Al presentarse a sus entrevistas de trabajo, Jacinto debía hacer notar su creatividad e iniciativa, dos características que lo habían convertido en un trabajador muy valioso durante su vida laboral.
• Debía mostrarse en buena forma física, pero buscar trabajos en los que el rendimiento físico no fuera una condición indispensable.
El Gráfico de Pareto indicaba que si Jacinto lograba mostrar iniciativa, eliminaría 29% de los rechazos; si además mostraba creatividad, eliminaría 27% más; y si elegía postularse para trabajos que no requirieran grandes esfuerzos físicos, reduciría las posibilidades de rechazo en un 20% adicional. En otras palabras, concentrándose en los factores clave: iniciativa, creatividad y un estado físico aceptable para el tipo de trabajo, las probabilidades de Jacinto para encontrar trabajo se incrementarían en 76%.
Ofelia y Margarita estaban muy emocionadas con su análisis, porque les resultaban muy claros los factores clave en los que Jacinto tenía que poner atención para mejorar sus probabilidades de encontrar trabajo y realizar su sueño con Rosa. Cuando le explicaron el razonamiento a Jacinto, el hombre las miró sorprendido. Vaya que esas mujeres eran inteligentes, pensó, pues habían descubierto, nada más ni nada menos, la fórmula para que él pudiera encontrar empleo. La fórmula para realizar su sueño con Rosa.
En efecto, luego de algunos fracasos, Jacinto, concentrado en los factores clave, encontró trabajo tres semanas más tarde. Lo contrataron como :asistente del departamento de recursos humanos en el Consejo Estatal Electoral, un trabajo que exigía dedicación y en el que podría aprovechar toda su experiencia si usaba su iniciativa y su creatividad.
Jacinto, sentado, con las dos canastitas  idénticas en el regazo, observó que Ofelia le hacía una seña discreta para que se acercara. Margarita se les unió, y los tres entraron en un pequeño cubículo, dónde habían llevado a cabo las primeras entrevistas con Jacinto.
Los amigos se saludaron con gusto. En la ventana repiqueteaba una llovizna vespertina que distorsionaba la imagen de la vida que fluía allá afuera. Les traigo un regalito— les dijo Jacinto, y les entregó a cada una, una canastita cubierta con una servilleta de cuadritos rojos y blancos. Era pan hecho en casa. Jacinto no podía ocultar la alegría de vivir enamorado, esa rara alegría que produce el milagro del amor correspondido.
Mientras Jacinto vivía su sueño, Ofelia y Margarita vivirían soñando. Así es, sólo algunos afortunados encuentran su complemento en algún momento de su existencia. El resto se pasa la vida buscando, esperando o simulando indiferencia mientras ven pasar los días y los años desde el rincón sombrío de la resignación. Luego de platicar unos minutos, Jacinto se despidió agradecido de sus amigas. Cuando se fue, la felicidad se le notaba hasta en el modo de andar.
Margarita y Ofelia lo vieron desaparecer por la puerta y se sintieron contentas por él. Sonrieron levemente, se miraron con complicidad y regresaron a la rutina del trabajo.

miércoles, 1 de junio de 2011

LA CALIDAD ARREBATADA

Ella resbaló por los tablones húmedos. Trató de sujetarse del barandal antes de caer al agua, pero no pudo y en su rápida caída gritó tan fuerte que Martín despertó.
Este sueño se repetía cada vez que él regresaba de un viaje largo. Tantas ocasiones había ocurrido que sus trabajos fuera del puerto los hacía sin ganas. Nunca creyó en premoniciones oníricas, pero sí en las noches largas en las que esta escena, además de repetirse en el subconsciente, lo hacía preguntarse si la mujer lo necesitaba en la realidad.
Martín vio en el calendario que habían pasado tres años desde que ella no estaba. Un tiempo extraviado en sus trabajos locales y que después de esos 36 meses, cuando salió del puerto, supo que le pesaban mucho al comenzar a soñar. Después de haber desaparecido de su vida, él trató que la oscuridad dejada por María terminara pronto. Sin despedida, quiso borrarla y darse el alivio del olvido, sólo que el sueño iba siempre de su mano:
María caminaba segura de que el piso de madera no la traicionaría. Sonreía con su mirada nocturna y misteriosa. Los ojos de María entibiaban el viento helado de la tarde. Las olas rompían sin timidez la playa, y sobre el muelle se podía sentir que su piel cambiaba de tono. Ella seguía caminando por las tablas gastadas sin pensar que podría resbalar. Le gustaba sentir la madera con los pies desnudos, y se descalzó. Recorrió la orilla del muelle sin asirse del pasamanos.
Lo había hecho incontables veces. Martín creía que despertaría de este sueño en que parecía que si la tocaba se rompería el hechizo de muerte. No fue así. María siguió caminando como bailarina, y a pesar de sentir el desvencijado pasamanos, continuó. De pronto resbaló y su gesto fue de miedo. No era miedo de caer y dejar atrás el pasado; más bien, de darse cuenta de que nadie sabría cómo fallecería. Nadie, ni sus más íntimos amigos, ni Martín que la amó siempre, se darían por enterados de que ella desaparecía del mundo dejando sólo un tenue y líquido rastro que sólo en la imaginación existiría.
Logró asirse del barandal. Éste bailó sobre su base y ambos, madera y cuerpo, cayeron al vacío húmedo. Las olas frías del invierno congelaron el miedo de María, y falleció ella ante la impotencia de Martín, que tenía bañado el rostro con ese sueño que terminaba finalmente.
Eran ya las siete con treinta minutos. La mañana era gris cuando él se levantó de la cama. Salió a trabajar, y en el camino fue olvidando el sueño negro. Esa semana no hubo salidas fuera del puerto. Por la tarde recordó la pesadilla y antes de regresar a casa recorrió el muelle. Curiosamente se detuvo en el mismo borde desde el que María siempre caía al agua.
Se quedó pensativo, pasando y repasando las yemas de sus dedos por cada uno de los soportes del barandal. Constató la negligencia con la que éste había sido construido. Poco a poco se dio cuenta de que la pesadilla cambiaba de forma. Ahora su mente ya no la llenaba María; su lugar fue ocupado por lo que miraba en ese momento: una línea convexa de madera sin pulir y huecos que alguna vez fueron ocupados por tornillos. Se acuclilló para constatar la poca solidez de la madera. A pesar de no llevar una libreta en dónde anotar sus ideas, las olas le trajeron una visión con la que acabaría su intensa pesadilla: un pez. Hizo que el tiempo se acortara cuando entrevistó a los vecinos. Les preguntó cada detalle del muelle. Consiguió un cuaderno. En sus renglones aparecieron diversas opiniones. Buscó fechas, datos, información diversa, y sin advertirlo los días parecieron segundos contados a destiempo.
Cuando regresó de un viaje largo, advirtió que ahora la ansiedad por resolver el acertijo del pasamanos sustituía su sueño. La pesadilla oscura de María se había ausentado. En lugar de soñar, integró una lista mas terrenal relacionada con la construcción del pasamanos: madera adquirida a precio de ganga que no era la más apropiada para el clima invernal y húmedo del puerto; clavos no acerados que la salinidad había carcomido sin piedad; la impaciencia de los habitantes del pueblo, que durante años esperaron la edificación del muelle que, al ver los rápidos avances del constructor, olvidaron revisar el cumplimiento de los planos originales. Es decir, un conjunto de situaciones que Martín dividió en causas y efectos y en varias categorías; en fin, un sueño blanco que le hizo levantar sus alas dormidas.
Martín se acercó a la arena. Comenzó a dibujar un pez y retrató en ese momento la realidad de la construcción del muelle. Trazó una línea horizontal, la espina dorsal del pez, y en el extremo derecho dibujó, a manera de cabeza, un cuadrado que representaba el deteriore del barandal.
Con enorme paciencia seleccionó las principales causas del deterioro y desechó otras, como la explicación de una anciana que atribuía la mala construcción del muelle al maleficio de haberlo estructurado en un sitio donde había muerto un pescador. En cambio, sí tomó en cuenta, por ejemplo, que el constructor utilizó materiales baratos e inadecuados. Fue conectando cada causa primaria del deterioro a la línea de la espina dorsal, como si se tratara de grandes huesos. Poco a poco fue tomando forma el esqueleto del pez.
Luego dibujó como huesos medianos las causas secundarias que afectaron a los huesos grandes; es decir, a las causas primarias, y; finalmente, trazó como huesos pequeños las causas terciarias que afectaron a los huesos medianos, las causas secundarias.
Martín se dio cuenta de que las causas eran a la vez causas y efectos. Para entender en toda su complejidad el deterioro del pasamanos redujo al mínimo le causas y les efectos. Por ejemplo, integró como causa una sierra anticuada, como efecto los cortes defectuosos en la madera que, a su vez, fueron una causa de la falta de solidez de la estructura del muelle. Agrupó esta relación de causa efecto en una sola categoría: maquinaria. De esta manera identificó como una causa primaria que afectó la buena construcción del muelle el que no se hubiera usado el tipo adecuado de sierra (figura 1).


Luego se preguntó acerca del proceso que hubo de seguir la construcción del muelle. Imaginó al constructor sintiendo la frialdad del pueblo. Aquí el invierno parecía que jamás se marchaba. Seguramente con el trato distante y austero de los habitantes, el constructor buscó la forma de terminar su trabajo lo más pronto posible y, según la opinión de algunos carpinteros locales que habían participado en la construcción del muelle, ignoró algunos aspectos de los planos, confiando en el sentido que le había dado la experiencia (figura 2). Consideró el proceso de trabajo también como una causa primaria del deterioro tan rápido del muelle. Luego pensó en los trabajadores, en las personas que llevaron a cabo la construcción del muelle, ¿cómo fue que el constructor contrató carpinteros locales con tan poca experiencia constructiva?, ¿por qué algunos se sentían culpables y otros aun cambiaron de oficio? Sin apresurarse demasiado, Martín sintetizó esta causa primaria con una sola palabra: descuido (figura 3).



Finalmente se concentró en los materiales. Madera barata que no cumplía con las especificaciones y que, por lo tanto, no era propicia para el clima del puerto; clavos de mala calidad, y, !o más interesante, la ausencia de un revestimiento que sellara la madera e hiciera duradero el barandal. En el verano, el sol ardiente caía como gotas de plomo, y en el invierno el viento helado del norte cortaba como navaja de rasurar; juntos habían carcomido rápidamente la madera. Raída en la mayor parte de su longitud, pronto se vio trozada en algunas de sus partes.
Así, el esqueleto del pez estuvo completo, y Martín lo copió de la arena de la playa a una hoja de papel (figura 4).


Sin presiones de sueños funestos, Martín compartió sus hallazgos y escuchó las opiniones de expertos que le ayudaron a detallar el esqueleto del pez. Incluso fue necesario hacer un diagrama aparte para alguno de los huesos grandes del esqueleto, debido al gran número de causas secundarias y terciarias Pero esto no era problema; Martín buscaba, ante todo, soluciones. Conforme las fue encontrando, el viento se volvió más favorable. Al fin tuvo algunas respuestas para el deteriorado muelle, que al pasar el tiempo y con el trabajo de la comunidad se había convertido poco a poco en un espacio propicio para el encuentro de parejas, de familias, y para el amor olvidado.
Un día, al amanecer, Martín tomo el camino al muelle que permanecía solitario. Apenas una camioneta vieja trastrabillaba por ahí. En su caja de carga se alcanzaban a percibir cestas llenas de pescado y camarón que sobresalían por sus costados. El conductor y el muchacho que viajaba en la caja de la camioneta saludaron con la mano a Martín, quien ya alcanzaba a ver el muelle que ahora lucía bien pulido y sólidamente estructurado.
Un poco fatigado, Martín observó, desde el descanso de la escalinata, a María. Ella fijaba la vista en las olas frías que golpeaban los pilares. Se sostuvo del barandal bien sujeto a los tablones, se quitó los zapatos, caminó por la orilla y giró sobre las puntas de sus pies.
Él sintió la mirada de María, y bajó los párpados para no verla. Oía el sonido del agua. De repente se percató de que alguien caía rompiendo el líquido helado. Un cuerpo humano atravesando la superficie ondulante y muriendo en el olvido. Martín continuó con los ojos cerrados, llorando en silencio la ausencia de María y el vacío de su cama y de su corazón.