miércoles, 1 de junio de 2011

LA CALIDAD ARREBATADA

Ella resbaló por los tablones húmedos. Trató de sujetarse del barandal antes de caer al agua, pero no pudo y en su rápida caída gritó tan fuerte que Martín despertó.
Este sueño se repetía cada vez que él regresaba de un viaje largo. Tantas ocasiones había ocurrido que sus trabajos fuera del puerto los hacía sin ganas. Nunca creyó en premoniciones oníricas, pero sí en las noches largas en las que esta escena, además de repetirse en el subconsciente, lo hacía preguntarse si la mujer lo necesitaba en la realidad.
Martín vio en el calendario que habían pasado tres años desde que ella no estaba. Un tiempo extraviado en sus trabajos locales y que después de esos 36 meses, cuando salió del puerto, supo que le pesaban mucho al comenzar a soñar. Después de haber desaparecido de su vida, él trató que la oscuridad dejada por María terminara pronto. Sin despedida, quiso borrarla y darse el alivio del olvido, sólo que el sueño iba siempre de su mano:
María caminaba segura de que el piso de madera no la traicionaría. Sonreía con su mirada nocturna y misteriosa. Los ojos de María entibiaban el viento helado de la tarde. Las olas rompían sin timidez la playa, y sobre el muelle se podía sentir que su piel cambiaba de tono. Ella seguía caminando por las tablas gastadas sin pensar que podría resbalar. Le gustaba sentir la madera con los pies desnudos, y se descalzó. Recorrió la orilla del muelle sin asirse del pasamanos.
Lo había hecho incontables veces. Martín creía que despertaría de este sueño en que parecía que si la tocaba se rompería el hechizo de muerte. No fue así. María siguió caminando como bailarina, y a pesar de sentir el desvencijado pasamanos, continuó. De pronto resbaló y su gesto fue de miedo. No era miedo de caer y dejar atrás el pasado; más bien, de darse cuenta de que nadie sabría cómo fallecería. Nadie, ni sus más íntimos amigos, ni Martín que la amó siempre, se darían por enterados de que ella desaparecía del mundo dejando sólo un tenue y líquido rastro que sólo en la imaginación existiría.
Logró asirse del barandal. Éste bailó sobre su base y ambos, madera y cuerpo, cayeron al vacío húmedo. Las olas frías del invierno congelaron el miedo de María, y falleció ella ante la impotencia de Martín, que tenía bañado el rostro con ese sueño que terminaba finalmente.
Eran ya las siete con treinta minutos. La mañana era gris cuando él se levantó de la cama. Salió a trabajar, y en el camino fue olvidando el sueño negro. Esa semana no hubo salidas fuera del puerto. Por la tarde recordó la pesadilla y antes de regresar a casa recorrió el muelle. Curiosamente se detuvo en el mismo borde desde el que María siempre caía al agua.
Se quedó pensativo, pasando y repasando las yemas de sus dedos por cada uno de los soportes del barandal. Constató la negligencia con la que éste había sido construido. Poco a poco se dio cuenta de que la pesadilla cambiaba de forma. Ahora su mente ya no la llenaba María; su lugar fue ocupado por lo que miraba en ese momento: una línea convexa de madera sin pulir y huecos que alguna vez fueron ocupados por tornillos. Se acuclilló para constatar la poca solidez de la madera. A pesar de no llevar una libreta en dónde anotar sus ideas, las olas le trajeron una visión con la que acabaría su intensa pesadilla: un pez. Hizo que el tiempo se acortara cuando entrevistó a los vecinos. Les preguntó cada detalle del muelle. Consiguió un cuaderno. En sus renglones aparecieron diversas opiniones. Buscó fechas, datos, información diversa, y sin advertirlo los días parecieron segundos contados a destiempo.
Cuando regresó de un viaje largo, advirtió que ahora la ansiedad por resolver el acertijo del pasamanos sustituía su sueño. La pesadilla oscura de María se había ausentado. En lugar de soñar, integró una lista mas terrenal relacionada con la construcción del pasamanos: madera adquirida a precio de ganga que no era la más apropiada para el clima invernal y húmedo del puerto; clavos no acerados que la salinidad había carcomido sin piedad; la impaciencia de los habitantes del pueblo, que durante años esperaron la edificación del muelle que, al ver los rápidos avances del constructor, olvidaron revisar el cumplimiento de los planos originales. Es decir, un conjunto de situaciones que Martín dividió en causas y efectos y en varias categorías; en fin, un sueño blanco que le hizo levantar sus alas dormidas.
Martín se acercó a la arena. Comenzó a dibujar un pez y retrató en ese momento la realidad de la construcción del muelle. Trazó una línea horizontal, la espina dorsal del pez, y en el extremo derecho dibujó, a manera de cabeza, un cuadrado que representaba el deteriore del barandal.
Con enorme paciencia seleccionó las principales causas del deterioro y desechó otras, como la explicación de una anciana que atribuía la mala construcción del muelle al maleficio de haberlo estructurado en un sitio donde había muerto un pescador. En cambio, sí tomó en cuenta, por ejemplo, que el constructor utilizó materiales baratos e inadecuados. Fue conectando cada causa primaria del deterioro a la línea de la espina dorsal, como si se tratara de grandes huesos. Poco a poco fue tomando forma el esqueleto del pez.
Luego dibujó como huesos medianos las causas secundarias que afectaron a los huesos grandes; es decir, a las causas primarias, y; finalmente, trazó como huesos pequeños las causas terciarias que afectaron a los huesos medianos, las causas secundarias.
Martín se dio cuenta de que las causas eran a la vez causas y efectos. Para entender en toda su complejidad el deterioro del pasamanos redujo al mínimo le causas y les efectos. Por ejemplo, integró como causa una sierra anticuada, como efecto los cortes defectuosos en la madera que, a su vez, fueron una causa de la falta de solidez de la estructura del muelle. Agrupó esta relación de causa efecto en una sola categoría: maquinaria. De esta manera identificó como una causa primaria que afectó la buena construcción del muelle el que no se hubiera usado el tipo adecuado de sierra (figura 1).


Luego se preguntó acerca del proceso que hubo de seguir la construcción del muelle. Imaginó al constructor sintiendo la frialdad del pueblo. Aquí el invierno parecía que jamás se marchaba. Seguramente con el trato distante y austero de los habitantes, el constructor buscó la forma de terminar su trabajo lo más pronto posible y, según la opinión de algunos carpinteros locales que habían participado en la construcción del muelle, ignoró algunos aspectos de los planos, confiando en el sentido que le había dado la experiencia (figura 2). Consideró el proceso de trabajo también como una causa primaria del deterioro tan rápido del muelle. Luego pensó en los trabajadores, en las personas que llevaron a cabo la construcción del muelle, ¿cómo fue que el constructor contrató carpinteros locales con tan poca experiencia constructiva?, ¿por qué algunos se sentían culpables y otros aun cambiaron de oficio? Sin apresurarse demasiado, Martín sintetizó esta causa primaria con una sola palabra: descuido (figura 3).



Finalmente se concentró en los materiales. Madera barata que no cumplía con las especificaciones y que, por lo tanto, no era propicia para el clima del puerto; clavos de mala calidad, y, !o más interesante, la ausencia de un revestimiento que sellara la madera e hiciera duradero el barandal. En el verano, el sol ardiente caía como gotas de plomo, y en el invierno el viento helado del norte cortaba como navaja de rasurar; juntos habían carcomido rápidamente la madera. Raída en la mayor parte de su longitud, pronto se vio trozada en algunas de sus partes.
Así, el esqueleto del pez estuvo completo, y Martín lo copió de la arena de la playa a una hoja de papel (figura 4).


Sin presiones de sueños funestos, Martín compartió sus hallazgos y escuchó las opiniones de expertos que le ayudaron a detallar el esqueleto del pez. Incluso fue necesario hacer un diagrama aparte para alguno de los huesos grandes del esqueleto, debido al gran número de causas secundarias y terciarias Pero esto no era problema; Martín buscaba, ante todo, soluciones. Conforme las fue encontrando, el viento se volvió más favorable. Al fin tuvo algunas respuestas para el deteriorado muelle, que al pasar el tiempo y con el trabajo de la comunidad se había convertido poco a poco en un espacio propicio para el encuentro de parejas, de familias, y para el amor olvidado.
Un día, al amanecer, Martín tomo el camino al muelle que permanecía solitario. Apenas una camioneta vieja trastrabillaba por ahí. En su caja de carga se alcanzaban a percibir cestas llenas de pescado y camarón que sobresalían por sus costados. El conductor y el muchacho que viajaba en la caja de la camioneta saludaron con la mano a Martín, quien ya alcanzaba a ver el muelle que ahora lucía bien pulido y sólidamente estructurado.
Un poco fatigado, Martín observó, desde el descanso de la escalinata, a María. Ella fijaba la vista en las olas frías que golpeaban los pilares. Se sostuvo del barandal bien sujeto a los tablones, se quitó los zapatos, caminó por la orilla y giró sobre las puntas de sus pies.
Él sintió la mirada de María, y bajó los párpados para no verla. Oía el sonido del agua. De repente se percató de que alguien caía rompiendo el líquido helado. Un cuerpo humano atravesando la superficie ondulante y muriendo en el olvido. Martín continuó con los ojos cerrados, llorando en silencio la ausencia de María y el vacío de su cama y de su corazón.

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