Jacinto, sentado con dos canastitas en su regazo, esperó a que Ofelia y Margarita se desocuparan un poco. Las trabajadoras sociales lo miraron con cariño y cuchichearon con simpatía mientras Jacinto permanecía tranquilo en la sala de espera de la oficina de jubilaciones, en el sexto piso de la Delegación Estatal del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Aunque tenía algunas cosas que hacer, Jacinto no deseaba apresurar a sus amigas con el asunto de su trabajo. Ellas tan generosas y tan jóvenes que podrían ser sus hijas, o él tan viejo que podría ser su padre.
En la oficina todos sabían que Ofelia y Margarita eran buenas amigas, pero pocos sabían que también compartían sus sueños. El de Margarita era enamorarse de alguien bueno y un día recorrer París tomados de la mano. El de Ofelia, irse a vivir a Malinalco con su hijito de tres años y poner un pequeño restaurante de comida italiana.
Todo había comenzado porque Jacinto, que había sido jefe de recursos humanos en una empresa armadora de bicicletas, deseaba volver a trabajar después de cinco años de pensión. Y es que el amor le había tocado el corazón como al de un adolescente. Sentía la sangre galopar por su cuerpo y el corazón le latía con la ansiedad ilusionada de cuando tenía catorce año. Ese corazón le avisó que volvería a la actividad cuando conoció a Rosa.
El hombre de sesenta y ocho años estaba completamente enamorado, y en la más reciente convivencia con sus amigos pensionados descubrió que si Rosa viviera con él ya no la extrañaría nunca.
Jacinto deseaba poseer todo lo que Rosa pudiera darle y decidió volver a trabajar para ofrecerle una vida decorosa y segura a la mujer que veía como un regalo de Dios. Pero tenía varias preguntas que lo inquietaban: ¿qué tan difícil sería para él encontrar trabajo?, ¿qué debía hacer para mejorar sus probabilidades de ser empleado nuevamente?, ¿no afectaría su pensión el volver a trabajar. Con todo el deseo de trabajar para tener algo que ofrecerle a Rosa, Jacinto decidió acudir a la oficina de jubilaciones del IMSS para pedir asesoría.
Primero lo atendió Margarita, pero pronto se sumó Ofelia, porque había muchas preguntas para las que no tenían respuestas. Las trabajadoras sociales lo escucharon y luego hablaron suavemente, sin apresurarse, como siempre hacían cuando se identificaban con el problema ajeno.
Ambas consultaron un gastado volumen que contenía las disposiciones legales relacionadas con jubilaciones, y poco a poco fueron disipando las dudas de Jacinto. Ésa fue la primera de varias entrevistas que tuvieron los tres. En cada una se aclaraba más el panorama y se iba desenvolviendo una plática que llenaba de optimismo a Jacinto y a las trabajadoras. Cada pregunta de Jacinto que encontraba una respuesta alentadora de Ofelia y Margarita los iba cubriendo a los tres con una fina capa de amistad.
A menudo, Ofelia y Margarita escucharon de su amigo pasajes de la historia de su vida, tan comunes que se conocían hasta los huesos En ocasiones, a Jacinto se le cortaban las palabras para contener el llanto. Pero luego hablaba de Rosa y la cara se le iluminaba como un sol, se afinaba su mirada, como la de un cazador, y de su sonrisa emanaba energía y esperanza. Jacinto rejuvenecía como un árbol viejo al que se le ha puesto abono y tierra negra. Volvía la juventud a sus sienes y la energía al puño enardecido del trabajo.
Con la ayuda de Ofelia y Margarita poco a poco se fueron limando las aristas de la situación administrativa de Jacinto. Ahora su problema era encontrar empleo. Había sido un excelente trabajador, pero su edad jugaba en contra.
La experiencia ya no es ventaja cuando los años se acumulan en el cuerpo, y las arrugas no son buenos argumentos curriculares en un mundo laboral que privilegia la juventud y la apariencia.
Como parte del Programa de Calidad del IMSS, Ofelia y Margarita habían aplicado una encuesta para averiguar las razones por las que muchas empresas cerraban sus puertas a personas mayores de sesenta años, con deseos y capacidad de trabajar. Las trabajadoras sociales sabían que la información recabada a partir de la encuesta les sería muy útil para ayudar a Jacinto a encontrar empleo. Así que se dieron a la tarea de analizar a toda prisa los datos recabados. Lo hacían por Jacinto, lo hacían por Rosa y para aprovechar la oportunidad que la vida les estaba dando de hacer algo bueno por alguien.
A Ofelia se le había ocurrido que la información de las encuestas les permitiría construir un Gráfico de Pareto y que con esta herramienta se facilitaría diseñar una buena estrategia de búsqueda de trabajo para Jacinto, y para todas las personas de la tercera edad que, como él quisieran encontrar trabajo. Le propuso su idea a Margarita, quien luego de revisar sus apuntes de los talleres de capacitación que habían cursado en el Programa de Calidad, estuvo de acuerdo en que esa herramienta las podría auxiliar mucho para ayudar a Jacinto a encontrar trabajo.
Como primer paso para construir el Gráfico de Pareto, clasificaron las respuestas de las empresas por su frecuencia y construyeron un cuadro en el que ordenaron y concentraron los datos. Ese cuadro resumía las principales razones por las que las empresa: preferían no contratar a personas de la tercera edad. Observaron que algunas causas aparecían con mucha mayor frecuencia que el resto, y para confirmarlo, ordenaron las respuestas de mayor a menor de acuerdo con su frecuencia y luego las graficaron.
Cuando Ofelia y Margarita analizaron la gráfica notaron que los factores "creatividad" e "iniciativa" concentraban 56% de las respuestas, y junto con "rendimiento físico" sumaban 76%. Esto significaba que más de tres cuartas partes de las negativas de trabajo para personas de la tercera edad se debían a la creencia de que éstas ya no tenían capacidad de aportar nuevas ideas ni de tomar riesgos. Es decir, que éstos eran los factores clave que determinaban la dificultad para que una persona mayor de 60 años pudiera ser aceptada en una empresa. Aprovechando esta información, diseñaron con Jacinto una estrategia de búsqueda de trabajo apoyada en los siguientes principios:
• Al presentarse a sus entrevistas de trabajo, Jacinto debía hacer notar su creatividad e iniciativa, dos características que lo habían convertido en un trabajador muy valioso durante su vida laboral.
• Debía mostrarse en buena forma física, pero buscar trabajos en los que el rendimiento físico no fuera una condición indispensable.
El Gráfico de Pareto indicaba que si Jacinto lograba mostrar iniciativa, eliminaría 29% de los rechazos; si además mostraba creatividad, eliminaría 27% más; y si elegía postularse para trabajos que no requirieran grandes esfuerzos físicos, reduciría las posibilidades de rechazo en un 20% adicional. En otras palabras, concentrándose en los factores clave: iniciativa, creatividad y un estado físico aceptable para el tipo de trabajo, las probabilidades de Jacinto para encontrar trabajo se incrementarían en 76%.
Ofelia y Margarita estaban muy emocionadas con su análisis, porque les resultaban muy claros los factores clave en los que Jacinto tenía que poner atención para mejorar sus probabilidades de encontrar trabajo y realizar su sueño con Rosa. Cuando le explicaron el razonamiento a Jacinto, el hombre las miró sorprendido. Vaya que esas mujeres eran inteligentes, pensó, pues habían descubierto, nada más ni nada menos, la fórmula para que él pudiera encontrar empleo. La fórmula para realizar su sueño con Rosa.
En efecto, luego de algunos fracasos, Jacinto, concentrado en los factores clave, encontró trabajo tres semanas más tarde. Lo contrataron como :asistente del departamento de recursos humanos en el Consejo Estatal Electoral, un trabajo que exigía dedicación y en el que podría aprovechar toda su experiencia si usaba su iniciativa y su creatividad.
Jacinto, sentado, con las dos canastitas idénticas en el regazo, observó que Ofelia le hacía una seña discreta para que se acercara. Margarita se les unió, y los tres entraron en un pequeño cubículo, dónde habían llevado a cabo las primeras entrevistas con Jacinto.
Los amigos se saludaron con gusto. En la ventana repiqueteaba una llovizna vespertina que distorsionaba la imagen de la vida que fluía allá afuera. Les traigo un regalito— les dijo Jacinto, y les entregó a cada una, una canastita cubierta con una servilleta de cuadritos rojos y blancos. Era pan hecho en casa. Jacinto no podía ocultar la alegría de vivir enamorado, esa rara alegría que produce el milagro del amor correspondido.
Mientras Jacinto vivía su sueño, Ofelia y Margarita vivirían soñando. Así es, sólo algunos afortunados encuentran su complemento en algún momento de su existencia. El resto se pasa la vida buscando, esperando o simulando indiferencia mientras ven pasar los días y los años desde el rincón sombrío de la resignación. Luego de platicar unos minutos, Jacinto se despidió agradecido de sus amigas. Cuando se fue, la felicidad se le notaba hasta en el modo de andar.
Margarita y Ofelia lo vieron desaparecer por la puerta y se sintieron contentas por él. Sonrieron levemente, se miraron con complicidad y regresaron a la rutina del trabajo.


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