Alberto miró el puñado de rostros jóvenes deseosos de comenzar a trabajar. Se instalaron en sus ventanillas tras el mostrador de madera y levantaron la mano derecha. A la hora exacta abrieron la oficina y los muchachos bajaron la mano. Era la señal convenida para motivarse al iniciar sus labores.
Alberto observó que ninguno de los muchachos rebasaba los veintiocho años. Los viejos compañeros de trabajo ya no estaban. Algunos se habían jubilado y otros habían muerto, pero la fila de emigrados que día a día pasaba por esa oficina parecía ser siempre la misma: cuerpos enjutos, manos nervudas y caras requemadas por el sol.
La oficina del programa de apoyo a migrantes enlazaba a los hombres que no lograban pasar el río con sus familiares de este lado de la frontera. Para realizar los trámites, los migrantes debían responder primero un cuestionario y justificar no tener los medios económicos para regresar a sus lugares de origen.
Quienes llegaban a esa oficina lo hacían porque habían reconocido su fracaso, yen lugar de la esperanza que alguna vez los había animado a lanzarse a la aventura, portaban sombreros deformados, pantalones de mezclilla tan maltratados como su orgullo, botas desgastadas y rostros que traslucían desaliento, temor y tristeza.
Sin saber por qué, Alberto detuvo la mirada en un hombre viejo que lucía una dignidad paciente frente al mostrador de sus jóvenes subalternos. Su quebrantada tez parecía labrada por decepciones e historias tristes, y, sin embargo, al viejo se le notaba una actitud diferente a la del resto de los hombres que esperaban necesitados de ánimo, afecto y dinero para regresar a casa. ¿Por qué el sujeto parecía sonreír cuando hablaba? ¿Por qué le parecía conocida esa sonrisa? ¿Acaso sería el mismo hombre que Alberto había conocido hacía muchos años? De pronto, un finísimo hilo de luz venido de un pasado remoto le tocó el cerebro despertando su memoria.
En ese instante le pareció oír cómo el hombre se ahogaba en la pileta que estaba al fondo de la vecindad donde Alberto vivió de niño, y cómo los vecinos lo sacaban de ahí a medio desfallecer y cómo volvía a intentar llegar al otro extremo, y cómo lo sacaban, una y otra vez. Sólo así aquel hombre había aprendido a nadar. Recordó el día en el que provisto tan sólo de una chamarra de mezclilla, el hombre, con una cachucha roja y un maletín de mano, se fue tras su sueño de cruzar a los Estados Unidos y ganar muchos dólares y recordó cómo se despedía en el patio de la vecindad de amigos y familiares, entre lavaderos, niños corriendo y ropa tendida al sol.
Las semanas pasaron y luego los meses. Pero un día comenzaron a llegar los dólares desde un pueblo perdido en Arizona. Dólares que desaparecían tan rápido como llegaban a las manos de sus familiares. Periódicamente, el hombre regresaba del norte y encontraba las mismas carencias en su casa, el mismo paisaje, los mismos amigos en la vecindad.
A veces, por las noches, luego de unos tragos de aguardiente, el hombre contaba historias. Alberto, entonces un niño de unos diez u once años, se acercaba con sigilo para escuchar, como hipnotizado, las pláticas de los adultos, calladito para no llamar la atención.
Había pasado mucho tiempo desde aquellas noches en la vecindad, pero Alberto reconoció esos ojos y, sobre todo, esas arrugas en !a frente que se acentuaban cuando el hombre hablaba de los fantasmas de allende el Bravo. En su memoria todavía rondaba la historia que el hombre contó una noche: "Caminábamos por el desierto cuando se empezaba a ocultar el sol y en el día dormíamos debajo de algún huizache. Pero al atravesar el desierto, las ánimas de los que ahí habían fallecido nos acompañaban, las sentíamos junto a nosotros, murmurándonos cosas. Algunas eran buenas y nos guiaban a lugares donde nos conseguían trabajo. Pero había otras que se metían en el cuerpo de algunos de nosotros y nos hacían maldecir nuestra suerte como endemoniados".
El recuerdo de Alberto se detuvo repentinamente. Sin darse cuenta: sus ojos estaban fijos en el piso de granito de la oficina. Sí, ese hombre era el Norteño, como lo apodaban todos por sus idas constantes a los Estados Unidos. Pero regresó al ensueño y nuevamente dejó de percibir lo que se decía a su alrededor, para volver a reproducir con toda claridad lo narrado por el hombre aquella noche en el patio de la vecindad.
"En una ocasión, un espíritu maligno se le metió a un muchacho de Zacatecas y lo hizo correr por el desierto hasta que se nos perdió. Por más esfuerzos que hicimos, no lo pudimos encontrar. Por las noches se nos aparecía tratando de perdernos en la inmensidad de los paraje, si no lo consiguió fue porque conocíamos bien las estrellas que nos llevaban por el camino correcto y porque el miedo hacía que todos nos tomáramos de las manos para no hacerle caso".
En la vecindad, los hombres lo escuchaban absortos, y los niños, espantados, abrían los ojos como faros de automóvil. Ahora, treinta y tantos años después, Alberto sonrió porque en ese entonces nadie ponía en duda las palabras del Norteño. Mucho menos cuando en las madrugadas maldecía a las ánimas que lo visitaban en su cuarto, luego de una noche de aguardiente.
Súbitamente, Alberto puso de nuevo atención en el presente cuando el viejo le dijo al joven que lo atendía: "Necesito juventud para regresar a casa". Desde hacía unas semanas, estimulados por Alberto, los muchachos que estaban a cargó de la atención y apoyo a migrantes querían organizar su trabajo para dar un mejor servicio a quienes acudían a la oficina. Inclusive realizaban reuniones semanales para analizar y evaluar su trabajo, con el fin de mejorar su desempeño de modo permanente. Pero nunca, nadie, ni siquiera Alberto, había recibido una petición de ayuda tan extraña como la que acababa de hacer el viejo.
En sus reuniones de trabajo, Alberto, quien había tomado algunos talleres de administración de calidad total, les había hecho notar a los muchachos que ellos generaban muchas ideas sobre la forma de apoyar mejor a los "mojados" pero que les faltaba un método para ordenarlas y aprovecharlas mejor.
Luego de varias reuniones, Alberto los convenció de que concentraran su atención y su trabajo en los aspectos clave que afectaban a los migrantes. Es decir, en los problemas más importantes que enfrentaban los paisanos que llegaban buscando ayuda a la oficina.
Les sugirió que primero debían identificar los problemas principales de los migrantes; después, clasificar los problemas de acuerdo con su afinidad; y, finalmente, delinear estrategias de solución para cada tipo o bloque de problemas. De esta manera, les dijo, podrían instrumentar acciones más eficaces e integrales de protección y apoyo a los migrantes y atacar de manera simultánea conjuntos de problemas del mismo tipo. Eso sería mejor, concluyó, que continuar trabajando en función del problema específico que enfrenta cada una de las personas que llega a la oficina en busca de apoyo.
Los jóvenes oficinistas ponían atención en lo que Alberto les decía y reconocían que tenía razón. Ellos, en su trabajo diario, escuchaban de los migrantes una buena cantidad de los problemas que los afectaban, pero normalmente eran expresados de manera confusa y mezclaban causas y efectos (cuadro 1), y eso dificultaba analizarlos en detalle.
Alberto les había sugerido que para ordenar los principales problemas de los migrantes, los escribieran en tarjetas (cada problema en una tarjeta) y que pegaran éstas en un pizarrón que estuviera a la vista de todos; y luego, que entre todos fueran agrupando las tarjetas de acuerdo con las características comunes de los problemas escritos en cada una de ellas. A los jóvenes les pareció que valía la pena intentarlo, y luego de un par de horas de trabajo lograron ponerse de acuerdo y clasificar los problemas en tres categorías a las que llamaron: inseguridad, indefensión jurídica y salud pública. Sin darse cuenta, al buscar una manera de organizar la problemática de los migrantes, estaban delineando, con la guía de Alberto, un Diagrama de Afinidad (figura 1).
Cuando clasificaron los problemas, los muchachos notaron rápidamente que la mayor parte estaban relacionados con lo que llamaron indefensión jurídica. Es decir, con la ineficacia o desconocimiento de las leyes e instrumentos legales que protegen los derechos de los migrantes; pero que también eran muy importantes los problemas de inseguridad pública y de salud. Con estos hallazgos inmediatamente empezaron a sugerir, de manera algo desordenada, medidas más integrales de apoyo a los migrantes.
Pero Alberto les sugirió tener un poco de calma, y les propuso que primero le mostraran el Diagrama de Afinidad a un colega, amigo de él, que trabajaba en otra oficina de apoyo a migrantes, con el propósito de conocer su opinión, evaluar si el diagrama que habían elaborado contenía de verdad los principales problemas que enfrentaban los paisanos en su intento por llegar al norte y, quizá, establecer convenios de colaboración con otras oficinas de apoyo a migrantes, para actuar de manera más uniforme y solidaria.
El colega de Alberto se mostró muy interesado en revisar el Diagrama de Afinidad elaborado por los muchachos; hizo algunos comentarios que lo mejoraron y decidió adoptarlo para ordenar el trabajo de su propia oficina.
Los resultados prácticos del Diagrama de Afinidad estaban rindiendo frutos y ya habían servido para apoyar el diseño de programas y acciones concretas, con los gobiernos estatal y federal, que orientaran mejor a los emigrantes en cuestión de derechos humanos, derechos constitucionales y de autoprotección en materia de criminalidad y salud. Los muchachos se sentían muy reconocidos, y se habían trazado metas más ambiciosas para mejorar el funcionamiento de su oficina. Sin embargo, Alberto inmediatamente se dio cuenta de que la petición del Norteño a su joven colaborador era inclasificable en su Diagrama de Afinidad. Ninguna de las categorías de problemas identificados consideraba proveer juventud para regresar a casa.
De pronto, Alberto sintió en el corazón el roce agridulce de la nostalgia, cuando se dio cuenta de que desde hacía quién sabe cuántos años y sin siquiera percatarse, había olvidado por completo al Norteño. Que aquellas aventuras en las que había fantasmas que lo habían hecho palidecer de niño, ahora le provocaban apenas una leve sonrisa.
Con la presencia del Norteño volvían las historias de sus temores de niño: la locura de los hombres sin alma, las cuencas vacías como pozos sin fondo, los murmullos de las ánimas en mitad del silencio, sin saberlo, el Norteño había regresado para recordarle una niñez repleta de fantasías.
Al observar al viejo tenía la sensación de regresar el tiempo, sentía en el pecho simultáneamente la opresión de la nostalgia y el alivio de haber dejado atrás los días de la vecindad. Algo parecido a como se siente un suspiro después de haber llorado mucho.
Mientras en la oficina bullía la actividad y los jóvenes tomaban notas para apoyar el diseño de nuevas técnicas y herramientas para solucionar problemas y responder a las necesidades de los migrantes, Alberto revivía por un momento aquellas emociones tan ligadas a su infancia que le había provocado la mente aventurera y soñadora del Norteño.
Al ver que el Norteño recibía el pase a las cabinas telefónicas, Alberto sintió temor al imaginarse el diálogo que estaba por iniciar el viejo emigrado. Sin embargo, una sensación de alivio le recorrió el cuerpo al oír que el hombre se despedía sonriente del joven del mostrador: "Le va a dar mucho gusto a mi hija saber que me regreso después de tanto tiempo. Gracias muchacho, que Dios te lo pague".
Alberto se puso sus lentes, se quedó un instante mirando sin ver la superficie de su escritorio, y luego, reaccionando, tomó uno de los muchos! Oficios que tenía que firmar esa mañana tan calurosa. Empuñó su pluma, mientras que la nostalgia le empañó un poco la mirada de sus ojos ausentes.


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